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Joker: la génesis del bien y del mal

Joker

Lo primero: esto no es una "película de superhéroes"; ni siquiera "una película basada en cómics". Es mucho más, muchísimo más. Es una película en mayúsculas, un viaje a lo más profundo en el que vemos la génesis misma de uno de los personajes más icónicos de la historia del cómic y de toda la ficción cinematográfica en la historia del cine. La némesis más carismática del más carismático de los superhéroes, el mismísimo Batman. O mejor aún: el reverso más tenebroso del héroe, el complemento imprescindible para que pueda darse el héroe. Alguien dijo alguna vez que "la luz sólo existía porque existía la oscuridad"; pues precisamente estamos ante el momento en que la luz se va apagando poco a poco hasta convertirse en la más negra oscuridadO sea, que desde luego, no es una película "para niños", sino para adultos.

Si en la arquitectura del miedo, aquello que más terror puede producirnos son los contrasentidos, el ver la figura de un inocente niño capaz de las mayores atrocidades, esa mascota adorable transformarse en una bestia sedienta de sangre, o una preciosa mansión antigua convertirse en un lugar diabólico... también tenemos que contar con la figura de los payasos, esos seres entrañables cuya función principal es hacernos reír... pero que pueden resultar los más terroríficos (y si no que le pregunten a Stephen King...). De la misma forma que la risa y el llanto son reacciones emocionales que están casi pegadas, en esa misma frontera es donde encontramos a este Joker, en la génesis misma del bien y del mal.

El calado de esta obra es realmente monumental: el carisma del Joker es indiscutible, y desde los prolegómenos de "El Hombre que ríe" de Paul Leni (1928) en el que se basaron Bob Kane y Bill Finger, el personaje ha supuesto los mayores retos para Batman, llegando al extremo de necesitarse el uno al otro, como se ha visto en la progresión de los cómics más importantes del hombre murciélago, desde "La Broma asesina" a "El largo Halloween". Una trayectoria paralela -y convergente- de ambos personajes que como dije antes, son el reverso y el anverso de la misma moneda -aunque sea "Dos caras", el exfiscal Harvey Dent otro malo de los cómics de Batman, el que utilice una moneda para decidirlo todo...-. Pero todo este tiempo, habíamos visto al personaje hacer de las suyas enfrentándose a todos y a todo -especialmente a Batman- pero casi en ningún momento hemos visto de dónde salía, de dónde provenía, qué es lo que le hacía tanta gracia que estuviera riéndose por todo. Bueno, pues ha llegado el momento de desentrañar probablemente la maraña más compleja a la hora de definir un personaje: el momento de conocer quién es en realidad el Joker y cómo ha llegado hasta lo que es: la tragedia más patética detrás de la risa falsa. Es el Profesor caído en desgracia de "El Ángel Azul" de Von Sternberg. Es el Pagliacci de Leoncavallo (y de Watchmen). Es todo eso y más. Un paso más, hasta descubrirse y encontrarse a sí mismo. Te deja sin aliento. 

DC y Warner ha dado un puñetazo en la mesa y se ha desligado de golpe de todas las dulzonas fantasías de Marvel y Disney, ofreciendo un producto verdaderamente adulto, más cercano a "Taxi Driver" o a "El Rey de la Comedia", ambas de Scorsese que a cualquiera de las incursiones de Iron Man, el Capitán América, Spiderman o Los Vengadores. No hablamos de superpoderes, fantasía y ordenadores. No. Hablamos de la vida misma, de todos sus peores dramas. De las crueles desigualdades de una sociedad neoliberal deshumanizada a la que le importan tres pepinos los que están abajo mientras que los que están (muy) arriba siguen viviendo de (puto) lujo. Es en ese caldo de cultivo tan peligroso donde nace y crece Arthur Fleck, un pobre diablo con problemas mentales que se gana la vida como payaso en celebraciones, hospitales infantiles, o eventos publicitarios. Un pobre hombre que cuida de su madre enferma y que malvive en un barrio de mala muerte, en la ciudad de Gotham, la misma que está a punto de cambiar de alcalde en unas elecciones donde se presenta Thomas Wayne, un multimillonario que pretende salvar la ciudad y que tiene un hijo pequeño llamado Bruce...

El intenso y desgarrador viaje interior de Joker es mostrado con una habilidad prodigiosa por Todd Philips, que parece haberse licenciado con honores ahora en el cine más serio y profundo después de toda la saga de "Resacón en Las Vegas" o "El Viaje de pirados". Esto ya es algo mucho más serio, cine de verdad, asomarse al abismo de la negrura más profunda, en un verdadero tratado de psicopatología de los trastornos de personalidad, que es lo que a la postre sufre el pobre personaje protagonista. Motivaciones que sin duda explican quién es, aunque no justifiquen lo que hace. Porque Arthur es como una especie de saco de boxeo al que la vida no para de darle golpe tras otro, a cuál más brutal; a cuál más cruel; a cuál más inesperado... hasta que el saco ya no aguanta más y se rompe. Por todos sitios. Y entonces es cuando empieza a vivir la vida que realmente quería vivir, tomándose la existencia como una especie de carnaval despiadado donde nada tiene sentido (ni tiene por qué tenerlo) y todo es patéticamente divertido. Tan divertido como un ataque cardíaco. Einstein decía que sólo había dos formas de vivir la vida: como si nada fuera un milagro y la otra como si todo fuera un milagro. Bueno, pues eso es exactamente lo que vive nuestro Joker, que comienza su terrible vida como si nada fuera una comedia... y termina viviéndola como si todo lo fuera, convirtiendo su existencia en una especie de dantesco parque temático de la carcajada más terrible. 

Ni que decir tiene que la interpretación de Joaquin Phoenix es esplendorosa, una especie de Tsunami que borra de golpe todas las caracterizaciones que ha tenido el personaje, incluyendo la mejor hasta ahora y que le valió a Heath Ledger un Oscar a título póstumo por "El Caballero Oscuro". Tenemos la oportunidad de ser testigos de la conversión del inocente y cándido Arthur en el Joker y en todo lo que significa: la ironía, el caos, la anarquía, el planteamiento de derrocar cualquier poder establecido, romper los privilegios de una clase dominante e incluso convertirse en la figura inspiradora de una verdadera revolución social. Ahí queda eso. El primer plano de la película en el que vemos al protagonista maquillándose de payaso para empezar su trabajo, a la vez que intenta con sus dedos forzar una sonrisa en la comisura de los labios mientras llora amargamente, nos da la pauta del relato tan abrumadoramente salvaje y caótico que vamos a ver.

Eso sí, creo que el lanzamiento publicitario está siendo un error, porque no estamos ante una película de entretenimiento, sino ante algo mucho mayor, mucho más oscuro, y seguramente alejada absolutamente de esa diversión palomitera que algunos pueden esperar. Porque no es la sonrisa chillona de César Romero en la serie de televisión donde explotaban las viñetas de colores a cada golpe. Ni la prótesis facial que definía los dientes de Jack Nicholson en la película de Tim Burton. Ni siquiera las cicatrices de Heath Ledger en la versión de Christopher Nolan. No, porque ahora todo da muchísimo más miedo, porque el temible Joker es sencillamente, un cómico más que quiere triunfar. Alguien que busca que lo quieran. Alguien a quien su madre ha dicho que ha venido al mundo para hacer felices a los demás, pero que poco a poco se va escorando hasta que el barco no sólo se hunde, sino que se da la vuelta para mostrar lo más oculto. 

Brutal, tremenda, turbadora, desgarradora, de esas películas que invitan a hacer una honda reflexión sobre quiénes somos, qué hacemos, hacia dónde vamos, o hacia donde podríamos haber ido si las circunstancias de nuestra vida hubieran sido otras. Sobrecogedora, un viaje a lo más profundo y oscuro del alma humana, explicando la espiral de un enfermo mental mucho mejor que "American Psycho", que "Henry, retrato de un asesino" o incluso que la mismísima "Psicosis" (así como suena). Quizás sea junto con "La casa de Jack" de Lars Von Trier la mejor película para asomarse a la compleja, tortuosa y retorcida mente de un psicópata. 

O mucho me equivoco, o tras el premio de Venecia, la Academia de Hollywood puede fijarse mucho en esta película, donde además el empleo de la banda sonora por Hildur Guðnadóttir es fundamental a la hora de definir el personaje con gran capacidad lírica y emotiva. No me gusta puntuar las películas, porque creo es menospreciar el complejo trabajo de todos los profesionales que las hacen, pero en este caso, doy un 10/10. Porque no se puede hacer mejor. Pero ojo con ir a divertirse con esta película, porque las risas se te pueden quedar congeladas, como al Joker.

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