El cielo dividido: Jugando a ser Bergman

La innegable factura y estética de este film no justifica el fallido experimento cinematográfico que gira en torno a la relación homosexual de dos adolescentes, desde su primer encuentro a todas las fases por la que pasa una relación sentimental (celos, pasión, misterio...). La pretenciosidad del mexicano Julián Hernández -que repite el mismo lenguaje, temática y discurso que realizó en su anterior film "Mil nubes de paz"- resulta irritante en la mayoría de los casos, intentando a cada secuencia imitar a Ingmar Bergman, tanto por lo contemplativo como por el uso de los silencios y de los casi inexistentes diálogos -a ritmo de uno cada cuarto de hora-20 minutos y el resto mucha música y secuencias de sexo-. Probablemente "El Cielo dividido" tenga un público incondicional, que probablemente disfrute de las secuencias explícitas que se repiten algo gratuitamente en la narración, pero si conseguimos abstraernos de la polémica, la estructura dramática de la historia es tan simple como el mecanismo de un chupete, sin recovecos y sin prácticamente sorpresas: dos personas y una relación. Punto final. No hay nada más. A mi me horroriza que la pedantería de algunos realizadores como Julián Hernández o Carlos Reygadas (recordemos la absolutamente INSOPORTABLE "Luz Silenciosa", un verdadero coñazo que encima fue tachada por muchos papanatas snobs como "obra maestra", volviendo a la comparación con Bergman), que intentan apabullar al espectador con imágenes preciosistas y un lenguaje audiovisual completamente primitivo, pasado de moda a día de hoy, en el que todas las claves para ver cine han evolucionado bastante. Aún recuerdo con nostalgia las refrescantes "Mi hermosa Lavandería"o "Ábrete de Orejas", ambas de un joven y combativo Stephen Frears, donde se articulaba a la perfección todo ese microcosmos sin recurrir a grandilocuentes y vacías imágenes, sin que tampoco podamos olvidar "Happy Together", otro film de referencia en el tema que nos ocupa, y que le valío a Wong Kar-Wai, con toda justicia, el premio al mejor director en el Festival de Cannes de 1997. Con todo ello quiero decir que, desde mi punto de vista, para contar una historia de amor -sea de la tendencia que sea- no hace falta poner música clásica melancólica, planos cortos de bocas, ojos, manos, y secuencias de sexo. El cine ofrece millones de recursos más para no ser tan cargante ni ampuloso.

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