Capitana Marvel: Reducción al absurdo infantil Disney

Capitana Marvel

Dirección
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Guion
Anna Boden, Ryan Fleck, Geneva Robertson-Dworet (Cómic: Gene Colan, Roy Thomas. Historia: Nicole Perlman, Meg LeFauve, Anna Boden, Ryan Fleck, Geneva Robertson-Dworet)
Música
Pinar Toprak
Fotografía
Ben Davis
Reparto
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Cada vez que veo una nueva película de Marvel, se me remueven las tripas. Porque señores, Marvel siempre fue la editora de cómics más adulta de la historia, la que se basaba en los personajes más que en los superpoderes, la que humanizó a los superhéroes (el gran Spiderman es un adolescente que sufre bullying en el instituto, Iron Man es un borracho egocéntrico e inmaduro, el Capitán América es un tontaina idealista que descubre lo podrida que es la política, los 4F son el arquetipo de una familia norteamericana media con los problemas clásicos -ama de casa superada por el talento/trabajo del marido, marido demasiado ocupado que no presta atención a su familia y a la demanda de su mujer por tener hijos, el adolescente conflictivo y problemático, el típico matón de barrio cascarrabias-) ahora se ha convertido en un escaparate de colorines, explosiones y fanfarrias infantiles más propias de una película de dibujos animados. Claro, porque ¿qué podríamos esperar de Disney?

Esta gente tiene clarísimo que tras comprar la franquicia de Marvel, tienen que rentabilizarla y para ello se han preparado a base de bien, creando una estrategia comercial en varias fases, para llevárselo a lo bestia y sin contemplaciones. Lógicamente, las películas forman parte de esa estrategia mastodóntica y la narrativa, los personajes, las historias importan lo justo para que no chirríen demasiado, porque lo que realmente importa son las cifras de merchandising y entradas en los parques de atracciones. Ahí es donde está la pasta. Y ahí es donde van los niños y adolescentes, que son el público objetivo de estas películas. Hay una enorme diferencia entre las primeras adaptaciones Marvel al cine desde la primera Iron Man (2008) a las posteriores, ya que un año después, en 2009, Disney comenzó el proceso de absorción y transformación. De hecho, habría sido muchísimo más lógico que Disney hubiera comprado DC, ya que Supermán, Batman, Aquaman, Wonder Woman son infinitamente más "infantiles" y planos que todo el universo Marvel, pero está claro que Warner no quería soltar prenda.

El caso es que este proceso de infantilismo y banalización ha llegado a su cota más alta con la llegada de Capitana Marvel: esta gente va ya a calzón quitado, y en su deseo de "tomar el dinero y correr", saturan el mercado con publicidad, la pantalla con efectos especiales, los actores con estrellas famosas (Brie Larson, ganadora de un Oscar, Jude Law, Anette Benning, Samuel L. Jackson...) y muchos chistes. Y encima, un gatito que parece el primo del mismísimo Garfield -que digo yo que podrían haber hecho ya puestos un crossover y haberlo metido también comiendo lasaña...-.

El arco argumental de Miss Marvel (que es como se llamaba el personaje de cómic, y no Capitán -ni Capitana- Marvel...) era lo suficientemente jugoso para haber hecho algo mucho más profundo, mucho más interesante, pero se ha reducido a presentar a la mayor y más poderosa superheroína de toda la galaxia, cuando una piloto humana se ve expuesta a tecnología extraterrestre y se convierte en un ser casi omnipotente. Entrenada por superguerreros Kree en el planeta Hala, formará parte de un cuerpo de élite que viaja por el universo para protegerse de los malvados Skrulls, otros extraterrestres que son capaces de transformarse a nivel genético en lo que quieran...

En realidad, habría dado exactamente igual cuál hubiera sido el argumento, ya que se lo toman por el pito del sereno, y cada diez minutos cambia el sentido de la historia, los personajes son planos, maniqueos, insípidos pero ¿a quién le importa? ¿No salen muchos rayos, colorines, explosiones y persecuciones? ¡¡¡Pues ya está hombre, que es lo que esta gente viene a ver!!! En esta obscena fanfarria de efectos de ordenador muy poco se puede vislumbrar de lo que podría haber sido una historia interesante, que por lo menos aporte algo a todo el universo cinematográfico de Marvel/Disney, pero no, todo funciona a base de parches (nunca mejor dicho, puesto que llegamos a conocer de dónde viene el parche de Nick Furia... y es de verdadera vergüenza ajena).

Lo que sí es cierto es que Brie Larson está estupenda y que algunos (ojo, algunos) chistes, tienen su gracia, igual que hay secuencias de acción que merecen mucho la pena. Pero es un empacho tal, es una sobresaturación de muñequitos tan enorme que, al igual que sucedió en "Vengadores 2: la era de Ultrón" acabamos hasta las narices de explosiones, peleas, seres infográficos y rayos. Muchos rayos. Porque la Capitana Marvel tiene que echar muchos rayos, un empoderamiento a base de bien.

Es curioso que en España Capitana Marvel se estrenara el día 8 de marzo, en día de la igualdad, en el que la mujer reivindica sus propios derechos frente a cualquier discriminación. Y en realidad, estaría bien que se hubiese hecho esto pero de verdad, porque cuando vamos al cine a ver este panfleto vacío y hortera, lo único que nos encontramos son varias secuencias de acción mal hilvanadas, unos diálogos bochornosos, y un formato verdaderamente chirriante, estridente, tópico y ridículo. E insisto, tiene momentos divertidos y buenas secuencias de acción, pero todo es de una sobresaturación que llega a provocar tal hartazgo... que aburre. Qué pena de Marvel.

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Mula: Demasiadas expectativas

Mula
Acercarse a la obra de uno de los grandes mitos vivos de la historia del cine no es nada fácil. Ni siquiera para él mismo. Porque alguien que ha hecho películas crepusculares de la calidad de "Sin Perdón" o "Gran Torino" lo tiene muy, pero que muy complicado no ya superar este nivel, sino ni siquiera acercarse. Y quizás este sea el gran problema que le veo a "Mula": que descontextualizada quizás pudiera ser una película hasta buena. Pero comparada con toda la anterior obra de Eastwood es manifiestamente inferior, cuando a veces directamente ridícula. Porque hay momentos en los que no nos tragamos de ninguna manera el tono y las circunstancias de este personaje. Quizás el Walt Kowalski de "Gran Torino" ha tenido una sombra demasiado alargada, pero es que señores, hace ya diez años de esto. Y el tiempo no pasa en balde, y si antaño Eastwood tenía aunque fuera un ápice de su carácter, de su dureza, de su personalidad... ahora parece haberse difuminado tanto que casi ha desaparecido. Será la edad. O será que no quiero admitir que definitivamente, Clint Eastwood es viejo.

Para aquellas personas que no estén familiarizados con el término, se llama "mula" a alguien que transporta droga. Lo ideal, además, consiste en que la policía no sospeche de ninguna manera que esa persona que mueve la sustancia ilegal de una u otra forma. Basada en un hecho real, la película cuenta la historia de un floristero veterano de guerra que arruinado tras la crisis, decide aceptar trabajar para un cártel mejicano de la droga para transportar cocaína dentro de las fronteras norteamericanas. Lógicamente, ¿a quién se le va a ocurrir detener a un abuelete simpático para inspeccionar si lleva droga? Pues precisamente eso es lo que pasó en realidad, y Leo Sharp transportó kilos y kilos de coca para el Chapo Guzmán por todo el territorio estadounidense sin sospechas algunas.

Aunque Nick Schenk, que firmó el guión de "Gran Torino" ha vuelto a escribir el guión de "Mula", el personaje no tiene absolutamente nada que ver: ahora ya no hay heroísmo, sino simplemente, afán de forrarse, así como suena. Y quizás eso también me choque, porque en el fondo el personaje protagonista de "Mula" no es un buen tipo: es un egoísta redomado al que su familia se la trae al pairo, y que siempre ha hecho lo que le ha dado la gana con su vida, y que únicamente intenta salvarse del embargo y desahucio. Ese perfil no me encaja mucho con el de Eastwood, ya que todos esos personajes en el final de su vida que ha representado, tienen un ramalazo épico, por muy mala leche y pocos modales que tuvieran: terminaban haciendo lo correcto. Ahora todo es más subjetivo, cuestionable o como poco, moralmente dudoso.

Si a todo ello sumamos una falta total de profundidad, de calado argumental, y todo se queda en anécdotas más o menos graciosas, queda todo desvirtuado. Muy desvirtuado. Incluso en el guión se plantean una serie de personajes tremendamente malvados y crueles... que cuando llega el momento se les enternece el corazoncito y se apiadan del abuelete (WTF, ¿el cártel de Sinaloa, que corta cabezas a diestro y siniestro, siendo compasivos?).

Eso sí, la sobriedad narrativa de Eastwood sigue siendo intocable y funcional al 100%. Y es normal que los genios tengan claroscuros en su trayectoria artística (de hecho, a pesar de sus geniales películas, tiene otras que son verdaderos peñazos). Pero en esta ocasión todo parecía indicar que iba a ser una especie de "Gran Torino", con el (interesante) componente añadido de lo moralmente cuestionable. Y no ha sido así, todo se me ha antojado demasiado ligero, demasiado poco trascendente. Impropio del profundo discurso que siempre (o casi siempre) ha tenido el gran Eastwood. O a lo mejor es que tenía demasiadas expectativas. O que no quiero admitir que uno de mis grandes héroes de la historia del cine, ese de mirada torva y pétrea, ya no intimida porque no es más que un pobre anciano. El caso es que a pesar de sus destellos de genialidad -que como no podía ser de otra forma, están presentes- esta que puede ser la última película de Eastwood como actor me ha parecido un epílogo demasiado banal para una carrera actoral tan esplendorosa.

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Green Book: el gran show de Viggo

Green Book 
Dirección
Guion
Brian Hayes Currie, Peter Farrelly, Nick Vallelonga
Música
Kris Bowers
Fotografía
Sean Porter
Reparto
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Existen una serie de películas que han creado una especie de subgénero en sí mismas: son películas hechas por y para ganar un "Oscar" de la industria de Hollywood y tienen una serie de características bastante claras. Todas ellas intentan retratar algún problema social, étnico, físico o mental. Y por supuesto, si están basadas en hechos reales muchísimo mejor. Ahí tenemos a directores como Ron Howard que están auténticamente especializados en este tipo de cintas -que deben durar más de dos horas, por supuesto- tener grandilocuencia visual, e intentar fomentar en el público una presunta "reflexión" sobre el mundo, conmoviendo de manera más ficticia que real. El caso es que a este tipo de "películas Frankenstein" se les suelen ver demasiado las "costuras", y el invento no suele funcionar, porque lo vemos venir todo de lejos. Está todo trazado con brochas demasiado gordas.

Pero en este caso, y aunque están presentes todos los factores para cumplir ese cometido de "película de Oscar" -basada en hechos reales, se toca el racismo, la desigualdad de clases, etc.- uno de los famosos hermanos Farrelly nos ha sorprendido, porque todo funciona. Si, si, ese majareta que con su hermano nos trajo locuras como "Algo pasa con Mary" o "Dos tontos muy tontos", ahora se ha puesto serio de verdad para trasladarnos al año 1962, en plena era Kennedy en la que se empezaba a soñar con la igualdad racial en Norteamérica. Ese mismo sueño que tuvo Martin Luther King Jr. es el que tiene el protagonista de la película, un exquisito, cultísimo y genial pianista que deleita a propios y extraños con sus discos, y que tiene intención de hacer una gira de conciertos por el sur de Estados Unidos en los locales más selectos. Claro que hay un problema: es negro. En ese contexto, no se le ocurre otra cosa que contratar a Tony Lip, un pendenciero y maleducado italoamericano del Bronx para que le haga de chófer y lo lleve a los hoteles y restaurantes que están en el "green book", o sea una guía en la que los negros son "bienvenidos"...

Aunque pueda sonar bastante a una versión invertida de "Paseando a Miss Daisy" -otra película claramente "oscarizable" (de hecho, lo fue...)- por aquello de enfrentar personalidades contrapuestas a lo largo de todo el desarrollo de la historia, en esta ocasión se va a dar un paso más allá, en el sentido de las etnias, la educación, los valores, el dinero, la familia... todo un marasmo de sensaciones en las que las extremas posiciones del famoso pianista y del chófer se irán acercando.

Por supuesto, la película tiene un protagonista absoluto, que realiza un verdadero tour de force de principio a fin: si ya sabíamos que Viggo Mortensen era un buen actor, ahora lo rubrica con un papel que bien puede valerle el oscar (ya ha ganado por este personaje el premio BAFTA). Aunque pudiera parecer que su registro pudiera ser algo extremo, todo lo contrario: imprime una dosis de realismo verdaderamente demoledor, añadiendo además unas notas de auténtica ternura, haciendo que quedemos fascinados por un personaje que tiene las cosas más que claras, y que detrás de toda su desidia y falta de educación, está una lealtad inquebrantable, unos valores familiares que están por encima de todo, y por supuesto, un código de honor en su trabajo totalmente inflexible: si contratas a Tony para hacer algo, ten la completa seguridad que lo hará, sea como sea.

Que si, que todo suena a muy tópico. Que hay secuencias en las que vemos palpablemente el racismo sureño de los USA, que los personajes pelean por la igualdad, la libertad, la fraternidad... pero que pesar de todos esos tópicos más que evidentes, la historia funciona, conmoviendo cuando menos lo esperas y de la manera más directa. Sin tontería alguna; porque el guión -en el que ha participado el autor de la novela, Nick Vallelonga, que es hijo del personaje de Tony Lipp, en realidad Anthony Vallelonga...- está muy bien escrito y aunque puedar resultar previsible en algunas ocasiones, consigue conectar.

Lo más sorprendente de todo esto, es comprobar una vez más que las palabras de Billy Wilder son rigurosamente ciertas: un (buen) director de comedia es capaz de hacer cualquier tipo de películas, porque la comedia es el género más difícil. Peter Farrelly lo ha demostrado con creces, alejándose del registro desmadrado y extremo de las películas que ha dirigido con su hermano Bobby, y accediendo a la memoria sentimental de un país con gran sutileza y elegancia.

Aunque sea una película "de oscar", está francamente bien, merece la pena viajar por esos lugares donde la igualdad entre los hombres es un sueño, a través de dos personajes que nos enamoran a cada plano por su veracidad, emotividad y coherencia.

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