Oh Jerusalén: O como hacer "superproducciones" sin un duro

Cuando alguien como Ed Wood le echaba cojones a esto de hacer cine, y con tres pesetas (o más bien, tres dólares) lograba hacer una película, buena o mala (más bien espantosas...) uno se quitaba el sombrero. Es decir, nadie se lo tomaba en serio, pero se terminaba reconociendo el valor y el empuje de un soñador que era capaz de embarcar en un proyecto a todos los amigos, rebañar el dinero de donde fuera e incluso empeñar su casa si hiciera falta para hacer realidad un sueño. Ole por Ed Wood. Pero de ahí, a intentar hacer una "gran superproducción" que recuerde a todo el mundo el grave problema que existe en Jerusalem entre Judíos y Árabes (como si hiciera falta) sin un duro, y cogiendo "prestadas" por el morro secuencias de archivo que no pegan ni con cola en el montaje, va un abismo. Para colmo, con la vocación didáctica y redentora de hacer reflexionar al público sobre un problema bélico que se extiende hasta nuestros dias. Hala, encima. Y cuando todo eso viene de un director que ha dirigido la excelente "Las Flores de Harrison", uno se siente directamente insultado en su inteligencia. Por mucho que se haya basado en un libro de Dominique Lapierre (que es igual de neutro y neutral que la película, que a base de intentar mostrar el problema Palestino desde los dos ejes, termina por no mostrar nada más que una fria sucesión más propia de un torpe documental histórico) la película es un verdadero despropósito; los personajes no son personajes, sino simples monigotes para "enseñar" las motivaciones de cada bando; las "batallas" atufan a cutrerío; no hay empatía en lo que estamos viendo; los diálogos son torpes y poco creíbles. Vamos, que a estas alturas se sigan haciendo (y lo que es peor, estrenando) películas como esta tal y como esta el patio, me resulta increíble. Como para que algún incauto se pase por una sala de cine y "pique" entrando a ver esta porquería por la que le van a soplar 7 euros. Seguro que ese pobre espectador no vuelve al cine en lo menos un año. Aunque, todo sea dicho, viendo el cartel, el tema, los actores... uno se cosca que algo huele a podrido en Dinamarca. No me extraña que Winona Ryder y Patrick Bruel se desentendieran del proyecto cuando se hubieron enterado bien de qué iba esto. A huirle como de la peste, por muy buenas intenciones que tenga a la hora de mostrar la creación del estado de Israel a finales de los años 40. Para eso, mejor National Geographic o cualquier documental de cualquier cadena de televisión. Pero lo más divertido es el pastón que le habrán sacado los productores (entre los que está el director, claro está) a las productoras para hacer esta película, habiéndose gastado la cuarta parte (siendo generosos). Qué pedazo de chalés se habrán hecho...

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