Mamarrachos con alas (y sin ellas)

Legión

Existen películas que desde su arranque, exigen al espectador hacer una serie de “pactos” para que la historia resulte creíble. Está bien cuando vamos a ver una película de Indiana Jones o de James Bond, que el protagonista se enfrente a amenazas prácticamente insalvables para cualquier humano, pero claro, como estamos ante el héroe, todo parece funcionar. Hasta ahí bien. Pero lo de esta ¿película? es, sencillamente, demasiado: resulta que tenemos que creernos a pié juntillas una serie de especulaciones de manera que si no, todo es una farsa tan, tan grande, tan granguiñolesca, que resulta sencillamente increíble. Resulta que Miguel –si, San Miguel, el arcángel, general de los ejércitos de ángeles de Dios, ese Dios católico, llámese Jehová…- decide nada más y nada menos que traicionar al todopoderoso, que ha decidido acabar con la humanidad, cansado de la falta de fe y creencias. Pero ojo, resulta que Miguel al llegar a la tierra se arranca las alas, y se dedica a pelear con los otros ángeles fieles a Dios a base de ametralladoras, lanzamisiles y todo tipo de parafernalia, que ya la quisiera Neo en cualquiera de las tres partes de “Matrix”. Una vez tragado esto –que ya tiene tela marinera- ahora resulta que toda la lucha por la humanidad se va a desarrollar en una infecta venta de carretera, que está en mitad del desierto, en la que además hay una chica embarazada y cuyo bebé parece ser la única esperanza para el mundo entero. Pero ya la cosa resulta de cachondeo cuando empiezan a llegar humanos poseídos por ángeles (una nota: ¿los ángeles no eran buenos? Entonces ¿por qué parece que cuando “poseen” a los humanos se convierten precisamente en lo contrario, esto es, en verdaderos demonios?) y entre todos se lían a tiros para defender la plaza. Vamos, como en una película de zombies, solo que en plan diabólico/angelical (otra nota: ¿no tienen los ángeles poderes esotéricos? ¿Por qué tienen que utilizar ametralladoras, cuchillos u otro tipo de armas? ¿Hacen falta tantos ángeles para solucionar el problema…?). El remate de los tomates viene cuando aparece otro arcángel, Gabriel, que tiene que hacer el trabajo sucio, con sus alas, su armadura de cuero y…¡¡su cachiporra!! Esto es carnaval, señores, uno no puede por menos que morirse de la risa ante tamaña sucesión de estupideces, que paradójicamente va in crescendo hasta llegar a la más completa estulticia. Entiendo que el técnico de efectos visuales Scott Stewart –responsable de los esplendorosos FX de “Iron Man”, por ejemplo- sea muy creyente, y crea que el Apocalipsis que se cita en la Biblia tenga que llegar por lo malos que somos todos los humanos, y que su amigo, el montador Peter Schink, firme también este demencial guión… pero para hacer una película que tenga que tragarse todo el mundo, no. Es sencillamente una mamarrachada soberana, ridícula, de un infantilismo tal que ni siquiera los adolescentes menos exigentes podrían tragarse esta historia plagada de referencias bíblicas literales (al parecer estos señores desconocen el significado de la palabra “metáfora”, y creerán que en efecto, Noé metió una pareja de todos los animales de la creación en un arca de madera para sobrevivir al diluvio universal, así como la extracción de la costilla de Adán para crear a Eva…). Desde luego, los ángeles con alas quedan hechos unos auténticos mamarrachos (como pasaba en “Dogma” de Kevin Smith, pero con la diferencia que Smith se lo tomaba a chusma y aquí no…) pero los verdaderos mamarrachos son los creadores de este engendro. Es una lástima que sólidos actores maduros como Dennis Quaid o Charles S. Dutton se vean implicados en esta cinta, que estoy seguro que será un imborrable punto negro en sus carreras y de seguro les avergonzará para el resto de sus vidas.

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