Con todos los ingredientes

Las Crónicas de Narnia: La travesía del viajero del alba

Que la cosa del cine está muy mala, no hace falta pregonarlo a los cuatro vientos: cada vez son menos los espectadores que se arriesgan a ir a una sala de cine para disfrutar de un espectáculo que ya pueden tener (casi) en el salón de su casa con total comodidad. No obstante, en la carrera desmelenada de muchas productoras para seguir manteniendo la rentabilidad de sus franquicias, se utilizan todos (o casi todos) los ingredientes que haga falta: ¿Que están de moda los leones? Leones al canto ¿Que hacen falta ratones parlanchines? Marchando una buena ración… y suma y sigue. Como da la casualidad que las dos anteriores películas basadas en las novelas de Narnia no habían alcanzado las previsiones de los ejecutivos, pues hale, vamos a darle un buen giro al asunto mezclando tres de las franquicias más rentables en el cine infantil/juvenil de los últimos tiempos, esto es, Harry Potter, Piratas del Caribe y El Señor de los Anillos. Hala, y se quedan tan panchos. Bueno, siendo honestos hay que recordar que los siete libros escritos por C. S. Lewis contenían todos estos elementos (y otros muchos más) que consiguieron ser de los grandes superventas en la literatura infantil, con más de de 100 millones de libros vendidos a más de 41 idiomas. Pero la manera, la forma de tratar dicho argumento en esta nueva película, suena demasiado a buscar la rentabilidad de la manera que sea posible. Estamos en la tercera entrega (y aún quedan cuatro más!!) en la que Edmon y Lucy vuelven al mundo de Narnia, acompañados accidentalmente por su primo Eustace para ayudar al príncipe Caspian a recuperar el trono de ese mundo, luchando por encontrar siete espadas mágicas que le mostrarán el camino para poner orden en el caos. Los impresionantes efectos especiales, así como todos los ingredientes justos para que los más pequeños disfruten de lo lindo –ahí tenemos el personaje del ratón parlanchín y pendenciero, que parece sacado de cualquier película de animación Disney- consiguen envolver de grandeza un producto que se nota argumentalmente algo apolillado, lleno de clichés algo pasados de moda, y con giros de guión completamente previsibles: recordemos que Lewis escribió esta heptalogía allá por los años cincuenta, y entonces la fantasía y la juventud era muy distinta (y tanto!!!) a la de hoy. El apabullante despliegue de épica llega a sobrecargar demasiado, empachando a partir de la primera media hora, y estirándose de manera algo artificial hasta el fin de una película que sinceramente, se me ha atragantado. Y mira que me gusta el merengue, pero tanto, tanto… me satura. Es como si hubieran querido asegurarse el éxito por todos los medios, y en vez de hacer un buen arroz con gambas, hubieran hecho unas gambas con arroz, rebosando en todos los aspectos lo que hubieran tenido que ser unas cuantas pinceladas de espectacularidad en una aventura apasionante. Al director del film (y a los productores, por supuesto) les recomendaría que vieran cualquier película de Steven Spielberg, un auténtico maestro a la hora de racionar los elementos justos para crear un producto realmente hipnótico, en cuanto a cine de aventura se refiere. Quitando la mediocre tercera parte, la saga de Indiana Jones supone un ejemplo modélico de cómo ha de articularse el (buen) cine de este género. Pero mucho me temo que a estos señores les importa muy poco hacer un producto de calidad, cuando en lo que realmente están pensando es en hacer un producto comercial a la medida de sus expectativas, y a ser posible, que coincida lo más cerca de las vacaciones de verano, o de navidad, para así saturar las tiendas de juguetes con todo el merchandising. En Estados Unidos ha reventado literalmente la taquilla, y en el resto del mundo va por el mismo camino. Pero esta manera de hacerlo, no es arte, es como jugar al poker con los cuatro ases y el comodín: no tiene emoción. Y si encima de asegurarse el éxito con todos los ingredientes más fáciles, al terminar de todo te están esperando para que encima te gastes los cuartos en muñequitos, videojuegos (a veces con la misma producción que la película…) y todo tipo de merchandising, pues está más que claro de qué va todo esto. Una lástima. ¿Dónde está la fantasía? Ah, que ya la han embotellado y nos la venden a la salida del cine…

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