A Eastwood le perdono todo

Más allá de la vida

Esta película me ha resultado completamente atípica en la filmografía de este genio. De acuerdo, todo no es dureza, rictus amargado y mirada torva, que don Clint ya demostró que tenía su corazoncito en “Los Puentes de Madison” y en buena parte de sus poliédricos personajes –el mismo Walt Kowalski de “Gran Torino” o el entrenador de “Million Dólar Baby” dejaban entrever que debajo de la testosterona y los músculos tenían la dulzura y exquisitez de una bailarina…-. Pero llegar al nivel de esta historia me ha sorprendido; no sé si será por sus ochenta años y su reflexión de vida, o bien por intentar desmarcarse de lo que todos esperan de él, pero este film dentro de la trayectoria de Eastwood pega como a un Cristo dos pistolas. Y también me resulta bastante atípico que el brillante guionista de “The Queen” –que elevó al Oscar a Helen Mirren- caiga en los tópicos más trillados de este subgénero que podíamos enmarcar en “sobrenatural”: la vida después de la vida, a estas alturas. ¿Acaso no estamos ya un poco hartitos de las mil y una versiones que nos ha ofrecido el cine –generalmente almibaradas y llenas de melaza inútil- desde “El diablo dijo no” de Lubitsch a “Ghost” de los Zucker? Bueno, pues por si no teníamos bastante, Eastwood ha querido poner su granito de arena para intentar demostrar que podemos tener esperanzas e ilusión, porque después de la vida hay algo más… Lo más desconcertante de la cinta, cuando no de toda la historia, es tanto la disparidad de personajes –una famosa presentadora de televisión francesa que vive el famoso Tsunami del sudeste asiático, un niño inglés que siente cómo su hermano gemelo muerto le salva de los atentados en el metro de Londres y un vidente que intenta huir desesperadamente de su don- como el frágil nexo de unión que paulatinamente parece que va a unirlos, y que resulta casi tan increíble como todo el postulado que se plantea en el film sobre la muerte, y que no añade nada nuevo a lo que ya se ha dicho sobre el más allá. Es todo tan almibarado, que la sobria realización y la delicada banda sonora que el maestro Clint le pone no encaja ni con calzador. La pretendida implicación emotiva que se busca desde el principio de la historia no llega ni siquiera en el momento del tópico final, que resulta tan predecible como ñoño. ¿Qué le ha pasado al maestro Clint? ¿Por qué no nos ofrece su ácida y a la vez dulce visión de la vida como en (casi) todo el resto de su filmografía? Lo más alucinante de todo esto, es que aunque la cinta ha tenido una acogida mediocre (por no decir funesta) en el mercado USA, actualmente es el número uno de la taquilla española. Será por la crisis, y por pensar que más allá nos espera un mundo de esperanza, placidez y felicidad, porque si no, no me lo explico. La cara de estreñido de Damon no logra ni un ápice de empatía hacia el personaje que tiene la capacidad de ver y hablar con los muertos: un pasmarote que inexplicablemente no quiere ayudar a los demás. Me resulta completamente insuficiente la motivación de este personaje, y por supuesto, no me lo creo ni a la de tres, algo completamente inusual en las películas de Eastwood –claro que quizás la culpa es de Damon, ya que tampoco me lo creía en “Invictus”-. En cuanto al resto de personajes, el único que realmente borda su papel es el niño, en todo momento creíble y obsesionado con encontrar alguna pista de su hermano gemelo fallecido. Pero a pesar de la mediocridad melancólica de esta cinta, que te deja más frío que otra cosa, hay que reconocer el espectacular trabajo en la fotografía de Tom Stern –siempre te deja alucinado con su capacidad pictórica para dibujar secuencias- y la contundencia en la dirección de Eastwood. Por ello, y a pesar de esta cinta impropia de Mr. Clint, de rayar en el melodrama barato y oportunista…todo se lo perdono, porque nos ha regalado con sus anteriores cintas –sobre todo con “Gran Torino”- el mejor cine que últimamente se ha hecho. Estoy deseoso de ver su siguiente film, porque de seguro retomará su habitual pulso y nos volverá a encandilar con su maestría tras la cámara.

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