Esta me gusta me la como yo

Sin límites

Como aficionado a la ciencia ficción, por una vez Hollywood me ha dado una alegría no basándose -cuando no "versionando" o plagiando, directamente- en los clásicos del cine fantástico (con ejemplos tan sangrantes como las nuevas adaptaciones de "El Planeta de los Simios", "El tiempo en sus manos", etc.). Bueno, puntualicemos, una alegría a medias, porque el resultado final no es tan brillante como debiera, pero por lo menos tiene una cierta dosis de originalidad, que hace que salgamos del tedio que embarga a este género, cada vez más denostado e invadido por las adaptaciones de los videojuegos y cómics de moda: Eddie Morra se convierte de la noche a la mañana con una pastilla de diseño en una versión mejorada de sí mismo; más guapo, más fuerte, y mucho, muchísimo más listo. La trama promete, ya que sitúa en ojo del huracán a lo que muchos hubiéramos soñado, esto es, a utilizar el 100% de la capacidad cerebral gracias a una droga de diseño de procedencia bastante ilícita. Y ahora viene lo peor de la historia: cuando tiene utilizado ese 100% ¿en qué lo emplea? Pues a jugar a la bolsa para hacerse supermultimillonario. O sea, que cuando se es listo, lo que hay que hacer es jugar a la bolsa, para poder comprarse una casa de 8 millones y medio de dólares, un deportivo último modelo, viajar por todo el mundo pasándoselo pipa, recuperar a la novia que te abandonó por no tener un duro (toma ya el mensajito!!!!!) y vivir la vida. Nada, nos olvidamos de crear una vacuna contra el SIDA, o a mejorar el medio ambiente, las energías y el calentamiento global, la economía mundial, la pobreza, la indigencia... todo eso ¿pa qué? Que se ocupen otros, que yo estoy ocupado en ganar pasta fácil. Esta reflexión es la que creo que termina minando como una carga de profundidad una película que podría haber sido un juguete muy bien pensado y dirigido, por un Neil Burger ("El Ilusionista") que sabe muy bien articular la historia con grandes dosis de acción y un formato visual más que atractivo, sin llegar por supuesto a la excelencia contemporánea máxima del cine comercial norteamericano que tiene David Fincher (sobre todo en los "subidones" que se pega el protagonista, sobrepasando los límites de lo humano). El guión está bien muy bien encajado y hay varios giros inteligentes que hacen mucho más atractiva la historia -incluso un giro final inesperado bastante original, que deja con muy buen regusto-. En cuanto a Bradley Cooper, la estrella protagonista del film, y además productor del mismo, parece haber encontrado el producto que lo lance definitivamente al estrellato, después de que la saga de "Resacón en Las Vegas" le granjeara al gran público -especialmente al femenino- y haber tomado el testigo del guaperas del grupo en "El Equipo A". Esforzado y bien encajado en su papel, lamentablemente no podemos decir lo mismo del antaño mito intocable Robert De Niro, que se pasa todo el film con cara de estreñido y cuya participación parece exclusivamente haber sido aceptada previo paso por un talón de muchos ceros. También merece la pena señalar el empleo de la música de Nico Muhly, que además de recrear muy eficazmente en la música incidental todo el trasiego, utiliza a la perfección todo un repertorio de canciones clásicas del pop norteamericano para componer un mosaico en la vida del protagonista, cercano al acertadísimo que creara Cameron Crowe en "Vanilla Sky", en una visión contemporánea que resumía lo más "cool" de la actual cultura norteamericana. Pero el mensaje final, el "ethos", que dijera Aristóteles en su "Dramática" es preocupante, cuando no demoledor: todos deseamos comernos una pastillita que arregle todos nuestros problemas personales, y así salir del fracaso o la mediocridad que embarga a buena parte de la humanidad. Por eso ha sido un gran éxito en los Estados Unidos, y seguramente esté llamada a serlo en buena parte del mundo. Porque ¿a quién no le gustaría coger esa pastillita? Claro, a todo el mundo, y esta gusta, me la como yo...

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