Con Voz Propia

Balada Triste de Trompeta

En la narrativa cinematográfica hay muchos tipos de directores. Los hay que aterrizan casi sin darse cuenta, llegados del teatro, la literatura o la televisión. Otros simplemente son artesanos que conocen el lenguaje audiovisual y se dedican a hacer los dictados de otros (ya sean productores, guionistas, etc.). Y finalmente, los más interesantes: aquellos que tienen voz propia, los que te invitan a entrar en su particular universo. Desde mi punto de vista, éstos son los verdaderos artistas de la dirección cinematográfica, aquellos que son capaces de manejar el lenguaje para plasmar exactamente lo que tienen en el fondo de su alma, cuando no, en el fondo de su corazón. Pero el gran problema con estos creadores es conectar o no conectar. Es como las lentejas, que o te las comes, o las dejas. Reconozco que en este tipo de cineastas hay algunos con los que comulgo a pie juntillas, y me tiro a la piscina hagan lo que hagan (véase el caso de David Lynch, Stanley Kubrick, David Fincher o Luc Besson); pero en cambio otros, por muy reconocidos y bendecidos por la crítica y buena parte del público, me resultan de lo más indigestos (como los inexplicablemente sobrevalorados Theo Angelopoulos o Manoel de Oliveira). En nuestro país a día de hoy, lamentablemente, no tenemos un nutrido ramillete de creadores, y cineastas antaño interesantes como Julio Médem, se han consumido en una pose de autosuficiencia realmente narcisista. Pero en nuestro país queda un brillante realizador que pese a los baches en su irregular trayectoria, es uno de los más interesantes de la nueva hornada de cineastas. Me refiero a Alex de la Iglesia, el creador de un estilo inconfundible, mezcla de ternura infantil y brutalidad “gore” extrema, capaz de unir la musiquilla del flagolosina (ay, como empiezan a pesar los años…) con un grupo de Death Metal. Si bien es cierto que De La lglesia tiene trabajos absolutamente geniales (ahí están “El dia de la Bestia” o “La Comunidad”), otros mediocres, aunque resultones (“Acción Mutante”, “Crimen Ferpecto”, “Muertos de Risa”) y grandes fracasos (“Perdita Durango”, “Los Crímenes de Oxford” o la serie televisiva “Pluton B.R.B. Nero”), en todos y cada uno de ellos se puede reconocer su planteamiento existencial, su modo de entender el cine, y la vida misma: cada vez que se pone detrás de una cámara, es capaz de transmitir su propia visión, que puede gustar más o menos, pero es inconfundiblemente la suya. Para su última cinta que nos ocupa ha prescindido de su imprescindible coguionista Jorge Guerricaechevarría, y ha acometido él solito la tarea del guión, elemento este que ha supuesto más sombras que luces en una historia que a ratos resulta deslumbrante, y otras tantas se pierde en el afán de plasmar un fresco demasiado barroco de una España tardofranquista acaso demasiado doliente y nostálgica, a pesar de la ilusión y esperanza de sus protagonistas, porque esta “Balada triste de trompeta” supone una gran broma –nunca mejor dicho, habida cuenta que sus dos protagonistas son dos payasos…- sobre la sociedad de nuestro país, una sociedad envidiosa, mezquina, ruin, y a la vez infantilmente inocente. La historia de estos dos payasos enamorados de una bellísima trapecista y sus peripecias dentro de un país que corre hacia un nuevo ciclo social, en las postrimerías del franquismo, sirve a De La Iglesia para exorcizar muchos de sus propios recuerdos y fantasmas personales. Un arranque impresionante (con un Santiago Segura realmente sorprendente) va dando paso a un segundo acto algo más flojo que desemboca en un final de traca, tanto argumental como visualmente. Seguramente, la aspiración de querer englobar una obra patria demasiado ambiciosa ha desembocado en una cinta demasiado barroca, demasiado cargada de significado (y significante). Ver esta película es como reunirse con la familia de personajes (y actores) que este realizador ha creado, es encontrarse como en casa, reconociendo (y reconociéndose) a cada fotograma todos aquellos que ya hemos visto en su anterior filmografía; viendo la interpretación de Carlos Areces me queda la duda si la dirección de actores no ha sido lo suficientemente ajustada, o que sencillamente este actor no da más de sí –ya lo habíamos visto en la serie “Pluton B.R.B. Nero” y era de lo más sosito-. En cambio quien hace un auténtico “tour de forcé” en el film es Antonio de la Torre, un auténtico animal de escena, un actor que se ha forjado en mil y una batallas que ahora encaja a la perfección en un personaje hecho para él, intrigante, deslumbrante, apabullante…realmente fantástico, casi lo mejor de la película. Pero no se puede negar que dentro de todo ese torbellino de personajes (que llegan a agotar, tanto por su número como por sus propias peculiaridades, hilvanadas a veces demasiado juntas en el guión…) existe una mano maestra que demuestra que sabe contar en imágenes lo que tiene en la cabeza, con un estilo inconfundible y oficio de sobra. Con este film seguramente Alex De La Iglesia no va a ser recordado como realizador, pero seguramente afianzará su modo de contar historias.

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