Cada vez comprendo menos...

Ahora los padres son ellos

Cuando pasan estas cosas, me llevan los demonios; vale, está bien crear un film comercial con grandes (y antiguas) estrellas, creando una (ridícula) trama argumental en la que la familia, el amor y los valores tradicionales jueguen con la conciencia del espectador. También es lícito hacerlo de forma completamente ortodoxa, manida y previsible, intentando que las fórmulas cómicas y los giros de guión sean de lo más visto, para así asegurarse el éxito en taquilla con elementos que ya han funcionado sobradamente en la historia de la comedia (familiar). Incluso puedo llegar a aceptar que se haga una saga con este tipo de películas, rizando el rizo en algunos casos, y aprovechando (mejor o peor) las posibles sorpresas y evoluciones argumentales. Pero lo que no comprendo, desde ningún punto de vista, es que se continúe una saga para crear un producto manifiestamente inferior, estúpidamente insustancial, burdamente facilón y previsiblemente sin gracia. Además, si en algún momento hemos admirado a estrellas de la talla de Robert De Niro (ay, qué lejos me queda “Taxi Driver”, “El Padrino II” o “Casino”…), Dustin Hoffman (¿qué ha sido de “Marathon Man”, de “Papillon”, de “El Graduado”, “Rain Man”… e incluso de “Tootsie”?) o Barbra Streissand, es cuando sentimos la más completa desolación al verlos repetir unos diálogos infames donde los haya, dando vida a personajes que no tiene carne, ni chicha…ni nada. Sencillamente, es una película que no hay por donde cogerla, y cuya única intención es intentar hacer taquilla con el (pobre) recuerdo de sus anteriores predecesoras. Argumentalmente, la historia narra una evolución en la vida de Gaylo Follen (inexplicablemente reciclado de enfermero a ¡¡consejero médico de un hospital!!) y su familia, ahora compuesta por dos mellizos, su encantadora esposa, y por supuesto, los cuatro suegros: un retirado agente de la CIA que ahora tiene problemas cardiacos y su esposa –padres de ella- y una sexóloga que triunfa en un programa de televisión donde airea todas las costumbres y taras sexuales de su familia, y su esposo, un pitopausico que viaja hasta Sevilla para aprender los secretos de la expresión artística suprema para él, nada más y nada menos que el Flamenco. Toma ya. Pues con este preámbulo, lo que podría ser una sucesión más o menos acertada de chistes (que en partes anteriores, siendo sinceros, había algunos que hasta tenían gracia…) se convierte en un verdadero recital del mal gusto. Ni eso, vamos, un auténtico y desesperante aburrimiento, que ni los gritos, ni las caídas, ni los gestos, ni nada consigue animar ni siquiera por un momento. Pero lo verdaderamente sorprendente, aquello que no comprendo en absoluto es que ha sido número uno en taquilla tanto en Estados Unidos como en España, y en varios países donde se ha estrenado. ¿Qué le ha pasado al público? ¿O es que quizás me haya pasado a mí? En serio, estoy empezando a preocuparme porque si el número uno de la taquilla, aquella película a la que la gente va a ver en masa, es este engendro insoportable, aburrido, soez, grosero y falto de imaginación ¿hacia dónde va el cine? ¿Es que la gran pantalla ya no aporta más que una pobre distracción con la que no hay que pensar y la dramaturgia, la ficción está más presente en la televisión o en internet? (hecho este último que cada vez veo más claro, y si no simplemente hay que echar un vistazo a series como “House”, “Los Soprano” y así un sinfín de títulos más en cualquier género, desde la comedia a la ciencia ficción…). Lejos de parecerme gracioso, me parece preocupante, desolador, realmente descorazonador, porque supone la muerte de la imaginación en el cine, en los peores (y más estúpidos) estertores que una expresión artística pueda dar.

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