El precio de la Justicia

Valor de Ley

Lo siento, no soy objetivo con los Coen: hasta sus peores películas (encabezadas por “O’Brother where are you”) tienen alguna genialidad, y son los pequeños detalles los que hacen grandes a los artistas. Estos dos lo son y lo han demostrado con creces. Con sutiles detalles que son capaces de permanecer en la retina y la memoria del espectador más despistado. Decir que este film es el primer western de los Coen, es una falacia tan grande como decir que esta película es –tal y como se ha dicho- reaccionaria o fascista: estos singulares cineastas han jugado con los parámetros de este género desde sus inicios (qué lejos me queda esa “Sangre fácil”…) hasta prácticamente su anterior film “No es país para viejos”. En esta ocasión sí que hablan del western puro y duro, cronológicamente hablando, destapando todo el imaginario propio de esta época, desde el “Ranger” de Texas –un personaje musculoso, rudo y rebosante de testosterona que en cambio no puede ocultar su moralidad propia de “Boy Scout”- hasta el desencantado, avejentado y tuerto Marshall de los Estados Unidos, que por supuesto es capaz de desempeñar su tarea al mismo nivel que más joven y cruel ladronzuelo del oeste. Esta nueva versión de “Valor de ley”, se aleja de la original tanto en la complejidad de los personajes (haciéndolos en esta ocasión más densos, llenos de aristas, frente al dibujo más esquemático de la versión protagonizada en 1969 por John Wayne) como en los recursos estilísticos, porque no nos engañemos, el prolífico Hathaway era un sólido artesano de estudio, pero tampoco era un creador con una voz propia tan identificable como la tienen los Coen, hablen de un desastrado chorizo que tiene que recuperar a un bebé en Arizona, o de un neohippy cuya única ocupación consiste en jugar a los bolos con sus coleguitas y ponerse hasta el culo de marihuana. Precisamente Jeff Bridges, convertido ya en un icono mundial gracias a su interpretación en “El Gran Lebowski”, es ahora nuestro protagonista, un hombre que está asistiendo casi de manera inconsciente al final de un siglo, de una época que se resiste a cambiar, donde las cosas no son tan claras como antes podían ser; ahora ya no hay indios y blancos, buenos y malos o mujeres y hombres. El blanco y negro se convierte rápidamente en gris, y todo empieza a mezclarse ante el único ojo que le queda, ante su perplejidad. Quizás sea esta la mejor aportación de los Coen a esta historia, la de la evolución y cambio del lejano oeste. Esta cronología apócrifa de la formación de los Estados Unidos está narrada ejemplarmente a través de la niña protagonista, que tiene la determinación de encontrar al asesino de su padre al precio que sea, y hacer finalmente justicia para poder seguir su vida. La rima visual (y narrativa) que utilizan estos geniales artistas para mostrarnos el precio (moral o físico) que hay que pagar para conseguir la justicia que uno quiere me parece realmente deslumbrante, única, como la forma de hacer cine que tienen los Coen. Siendo honestos, el film no es precisamente uno de los más ágiles, narrativamente hablando, de estos directores, y su segundo acto tiene un ritmo algo desigual tirando a lento –sobre todo en la persecución del forajido…- pero no hay que dejar atrás la riqueza en la descripción del contexto en el que se desarrolla la historia, y que es quizás más importante que la historia misma. A la zaga de esto, te invito a que la veas en versión original, puesto que la cantidad de acentos –especialmente los de Bridges y Damon…- son alucinantes, y describen a la perfección cada uno de los estrambóticos personajes que los Coen son capaces de utilizar para articular su historia. Después de haber presenciado la evolución del género con aportaciones tan incuestionables como “Sin Perdón” de Eastwood o la serie televisiva “Deadwood”, podemos decir que los Coen también han aportado un grano de arena interesante, intenso, quizás de desigual resultado, pero con momentos inolvidables y personajes que ya figuran en los mejores puestos de una galería del género.

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