Tan "premium" que es primero

La trampa del Mal

Desde que Michael N. Shyamalan irrumpió en el cine, ha sido como un elefante en una cacharrería: su primera película “El Sexto Sentido” hizo que todo el mundo girara la cabeza hacia un neófito realizador de origen hindú, que logró no solo que Bruce Willis protagonizara su ópera prima, sino que además sentó un precedente argumental importantísimo en el género del suspense y el terror. Cada una de sus películas ha levantado controversias, en uno u otro sentido. Vamos, que nadie se ha quedado indiferente ante su obra, que es quizás a lo que aspira todo creador más allá de la (subjetiva) calidad de su trabajo. Tras el monumental fiasco (comercialmente discutible) de “AirBender” –un auténtico despropósito se mire por donde se mire, y mucho más viniendo de la batuta de este brillante realizador…- ahora Shyamalan se ha descolgado con una serie de películas que giran sobre el terror, llamadas “Night Chronicles” (Crónicas de la Noche), y esta es la primera entrega, llamada nada más y nada menos que “Devil” (Diablo, Demonio). Tela marinera. Para dar forma a este proyecto al más típico modo Hitchcock en su serie televisiva, ha contado con Brian Nelson para que diera forma al guión que partió de su idea, y a John Erick Dowdle (“Quarantine”, la versión USA de “Rec”) para dirigirla. Bueno, pues a pesar de su vocación de serial televisivo, de su regusto a serie B, le ha quedado tan Premium… que prácticamente es primero. Primero en volver a reescribir un género tan trillado como es el de terror: muy agradecido para crear una buena película que impacte al espectador, pero peligrosísimo por tener que medir muy bien todos los resortes propios de este tipo de historias, cuando no repetir las fórmulas que ya han funcionado. El planteamiento argumental no puede ser más sugerente: cinco personas se quedan encerradas en el ascensor de un rascacielos…y uno de ellos no es nada más y nada menos que el mismísimo Satanás. En realidad, no es nada nuevo, ya que el cineasta holandés Dick Maas ya planteó un film de terror allá por 1983 con un ascensor y el mal como protagonista, aunque con recursos argumentales ligeramente diferentes (y mucho peor estilismo visual). Aunque pudiera parecer un peligroso ejercicio de futilidad, la película está dirigida con estilo y muchísima brillantez, con sugerentes planos que van más allá de lo puramente estético, y que entroncan con el argumento con una exquisita sutilidad (especialmente brillantes son los títulos de crédito iniciales). Shyamalan no podría haber elegido mejor a este director, aunque la espectacular dirección actoral, que saca mucho partido a cada interpretación del reparto, hace sospechar la alargada sombra del productor, que habitualmente consigue todo lo mejor de sus actores (quizás con la única excepción de Whalberg en “El incidente”). También merece la pena señalar la vertebración del argumento, que tiene mucho de la circularidad propia de las películas de Shyamalan, donde todo encaja a la perfección solo cuando vemos la imagen de conjunto en su globalidad, al final de la historia, sin olvidar la ejemplar banda sonora, que rubrica a la perfección todos los momentos críticos de la historia, creando además una atmósfera tan viciada y asfixiante como la que podían tener los protagonistas del film, estando encerrados en el ascensor. Hay que congratularse que gracias a la calidad de un producto (que podría haber sido nada más que un telefilme barato) se aumente notablemente la dimensión de este film, que consigue dejarnos pegados al asiento desde el minuto uno de proyección, y que además tiene la habilidad de mostrar buena parte de los tópicos clásicos del cine terrorífico desde una nueva y original óptica. Eso sí, como muchas buenas películas de terror, su visionado es una experiencia especialmente desagradable que provoca un gran desasosiego hasta su (inesperado) desenlace, y que todos los buenos amantes del género disfrutarán.

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