La pesadilla de Tarantino

Sucker Punch

¿Qué tienen en común samurais, la Primera y la Segunda Guerra Mundial, cinco chicas sexys en shorts y tops, androides asesinos, orcos, caballeros medievales, la estética de "Kill Bill", dragones, helicópteros, biplanos, nazis, un puticlub, un pabellón psiquiátrico, la iconografía y acción de "Matrix", el heavy metal, Eurythmics y el maltrato y abusos infantiles? Pues eso, absolutamente nada. Ese es el gran problema de esta megafantasía amplificada que Zack Snyder, el director de "300" y "Watchmen" se ha sacado de la manga, sencillamente porque le ha dado la gana. Le han dado un cheque en blanco, y sintiéndose muy artista, ha plasmado en imágenes -eso sí, muy chulas...- toda, o gran parte de su imaginación. Este es otro gran problema: es SU imaginación, y la de nadie más; basada en una historia suya, el guión escrito por el propio Snyder y Steve Shibuya -un técnico de efectos especiales que ha escrito con "Sucker Punch" su primer guión...- es tan personal, tan centrado en las propias fantasías de alguien, que es prácticamente imposible empatizar o entrar en la compleja historia, que además se desarrolla, como "Matrix" u "Origen" en tres dimensiones paralelas: en la primera, una adolescente es enviada ilícitamente por su padrastro a una clínica psiquiátrica para que la lobotomicen y así evitar que destape el pastel a la hora de cobrar la herencia de su madre; en la segunda, la misma adolescente ha entrado dentro de un burdel en el que baila para sus futuros clientes; y en la tercera, ella y un grupo de cuatro compañeras del burdel/psiquiátrico son cinco guerreras implacables, que armadas con katanas, pistolas, ametralladoras, artefactos voladores en la espalda, aviones y todo tipo de conocimientos de lucha y combate, intentarán conseguir los artefactos necesarios para escapar de sus prisiones, adocenadas por un misterioso personaje que les va aconsejando lo que tienen que hacer. Una especie de maestro Zen, pero que no se parece al Sr. Miyagi, sino a Scott Glenn (que cuando aparece vestido de militar de la Primera o Segunda Guerra Mundial, todavía, pero cuando aparece con el kimono en un templo budista...ufffff). Un auténtico delirio visual, espectacular al máximo, con dosis de acción realmente impactante. Todo muy chulo, todo muy bonito...pero totalmente vacío. A los pocos minutos de empezar el film -y la leña, que empieza antes de los 20 primeros minutos- todo resulta tan falso que ni siquiera podría entretener en un cómic -donde seguramente habría encajado muchísimo mejor la historia, más que nada porque así se habrían ahorrado los 82 millones de dólares que ha costado este carísimo e inútil juguetito que solamente provoca sopor-. Un completo despropósito que demuestra (una vez más) que el guión de una película es su capital más importante, superando incluso al talento de su director, a las estrellas de su reparto o a los efectos especiales. Como amante del cómic y los videojuegos, confieso que fui bastante ilusionado a ver el film, esperando la simbiosis perfecta de todos estos mundos. Pero me equivoqué de parte a parte: ninguna de las historias de Alan Moore o de Frank Miller tiene sus argumentos tan deslabazados, tan inconexos. Y ninguno de los videojuegos de moda, en los que se podría basar la estética y acción del film -desde "Crysis" hasta la más que evidente referencia de la saga "Lara Croft"- realiza artificios visuales tan gratuitamente, por el simple motivo de "fíjate, lo bien que quedaría aquí un samurai gigante con una lanza eléctrica, y una chica sexy en shorts, dándole caña". El público ha castigado este experimento fallido con una taquilla mucho más pobre de la estimada por los productores, y es completamente normal: estoy seguro que ni siquiera Tarantino -que seguro que habrá soñado más de una vez con cosas parecidas a esta película...- se habría entretenido con este espectáculo, que más que un sueño, es una pesadilla de aburrimiento. A pesar de toda su espectacularidad.

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