La revolución de los mendigos

MicMacs

Asomarse a la obra de Jeunet es siempre fascinante. Ya desde "Delicatessen" nos dejaba anonadado con su concepción visual, que siempre sorprende y es un torrente casi inagotable de creatividad. Por supuesto, su película más conocida "Amelié" es un compendio de todo ese virtuosismo de imágenes, que unido a un argumento realmente poético y romántico, hicieron de ella todo un himno que traspasó las fronteras francesas para convertirse casi inmediatamente en una obra de culto para millones de espectadores, fascinados (como yo) por una narrativa ágil, divertida, híbrida entre cine, televisión y todas las fuentes audiovisuales imaginables, desde los videojuegos hasta los videoclips. Pero esa maravillosa característica es a la vez la mayor falla de Jeunet: él mismo es el primer admirador de su obra y se lo pasa tan, tan bien haciendo sus películas... que termina perdido entre sus propios descubrimientos. "Largo domingo de Noviazgo" -donde repetía la protagonista de "Amélie", Audrey Tautou- fue su siguiente largometraje que aunque intentaba replicar ese toque mágico con trazas del mismísimo Tati, no conseguía ni de lejos el resultado de su obra más redonda. Y ahora con "MicMacs" ha sido todavía peor, porque ha intentado implementar en la historia un mensaje y una ideología de opereta tan infantil como ridícula, en una prosaica y nada creíble revolución de un grupo de mendigos, que intenta aplicar justicia a dos poderosos traficantes de armas. La utopía de la revolución, a través de los ojos de un verdadero circo, casi tan bizarro como los vecinos del bloque de pisos que vivían en "Delicatessen". Protagonizada por el cómico de moda en el país galo, Dany Boon -de quién aun recordamos la descacharrante "Bienvenidos al Norte"- la película es tontorrona, y lo que es peor, aburrida. Por muy alucinantes que son los recursos estéticos del film, la caravana de personajes resulta demasiado superficial, demasiado barroca...demasiado insípida. Es como si hubiera puesto en la película todo lo que se imagina, sencillamente porque "queda bonito", e intenta buscar excusas argumentales para justificarlo (como el caso del mimo vestido de demonio que seguramente habrá visto en las calles de París, y que mete aquí con calzador para... ¿qué?). Algo muy parecido a lo que le sucedió hace años con "La Ciudad de los niños perdidos", donde daba una lección magistral de cómo contar con imágenes algo completamente insustancial y que solo interesaba al propio director. Bueno, pues ahora es tres cuartos de lo mismo. O mejor dicho, exactamente más de lo mismo: las bromas, los guiños, los chistes...son tan privados que probablemente únicamente harán gracia al propio Jeunet y a sus más allegados amigos. Intentar universalizar este mensaje no ya a Francia -donde ha tenido una acogida más que modesta, y por supuesto bastante inferior a las de "Amélie" y "Largo domingo de noviazgo"- sino a todo el mundo resulta completamente imposible. No podemos hacernos cómplices de estos presuntamente entrañables "freaks", porque ni son tan graciosos ni encantadores como pretenden. Y encima, no tienen gracia y son aburridísimos, en un intento de utilizar el "slapstick" -esto es, el sentido del humor sin diálogos, al estilo del mismísimo Buster Keaton- que sencillamente, no funciona. Sinceramente, soy un admirador del sentido visual de Jeunet, y conservo todas sus películas -aunque muchas de ellas no me gusten- para disfrutar de sus singulares inventos visuales. Pero esta no me aporta ni siquiera eso. Es más, no me aporta nada. Ni me divierte nada. Un verdadero tostón, y ese mensaje tan de moda ahora, en el que el usuario de a pié tiene tanta importancia, tanta voz y tanto voto como para poder cambiar el curso de la historia... resulta demasiado ridículo, demasiado traído por los pelos. Creo incluso que Jeunet no ha comprendido exactamente en qué ha consistido la revolución de las redes sociales, y la ha (mal)interpretado a su estilo. Ni esta es la revolución, ni estos son los mendigos.

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