Tarantino y las lentejas

Django desencadenado

Tarantino ha hecho con esta película una de las cosas que más ha estado deseando toda su vida, es decir, hacer un western. O mejor dicho, ha hecho un western puro, porque todas sus películas, desde "Rerservoir Dogs" hasta "Malditos bastardos", pasando por todos su guiones, desde "Amor a Quemarropa" a "Asesinos Natos", eran también westerns. La otra cosa fue hacer una película de Kung Fu, pero esa ya lo hizo con "Kill Bill", aunque también fuera un western. Todo el singular universo de este inclasificable realizador, que tiene influencias tan dispares como las películas de artes marciales, el spaghetti western (sobre todo Sergio Leone), las películas "exploitation" de los 70, el rock & roll o los cómics de superhéroes, están presentes. Todas y cada una de esas bizarras claves que han creado un nuevo lenguaje ahora se amoldan para contar una serie de secuencias antológicas que conforman un extraño puzzle que aunque no termine de encajar bien, resulta de lo más estimulante. O sea, como todas las películas de Tarantino.

De acuerdo que hay veces que el producto final queda un poco deslabazado, con las costuras algo flojas pero ¿a quién le importa? Las situaciones planteadas, los personajes esbozados y la resolución de las mismas son tan alucinantes, tan chulos, tan "cool", que da lo mismo. Tarantino ha seguido la máxima Kubrickiana de hacer seis o siete secuencias potentes y lo demás se rellenará fácilmente, claro que salvando las distancias porque Quentin no tiene la exquisita caligrafía de Kubrick a la hora de dar homogeneidad a una película. Pero lo intenta, y la mayoría de las veces le sale bien.

Tarantino ha desarrollado un lenguaje propio que no se amolda a nada, y que es como la obra de Botero o un plato de lentejas: o te gusta, o no te gusta. Pero no solo eso, sino que además ha logrado poner este lenguaje de moda, hacer que siempre esté a la vanguardia de todo lo demás, ya que este cóctel le ha hecho ser el más moderno entre los modernos, pasándose por el forro cualquier convención cinematográfica establecida hasta ahora en ningún género. Precisamente esa anarquía creativa es la que le da a Tarantino esta hipnótica idiosincrasia que te cautiva desde el minuto uno.

Sitúate en el sur de Norteamérica, dos años antes de la Guerra Civil. O sea, que la esclavitud es un hecho no solo practicado, sino completamente corriente, normal, cotidiano y hasta incluso respetado. Bueno, pues en ese contexto imagínate a un cazarrecompensas...¡negro! Si, como suena: un pistolero en busca de justicia, que cobra por matar delincuentes, pero del color del azabache. Y no un cualquier pistolero, sino el más rápido que existe, el más chulo, el más pendenciero, el más listo. El más, vamos. De entrada, ya se nos rompen los esquemas, pero es que si en esta particular historia quijotesca, situamos a su compañero como un dentista alemán reciclado en cazarrecompensas y con una concepción inocentemente romántica de la vida -a pesar de su trabajo-... ya es rizar el rizo con tirabuzón. Sumemos a ello la búsqueda de la esposa del pistolero negro, que sigue de esclava, y para colmo, un abyecto terrateniente capaz de las mayores salvajadas contra los seres humanos (que son negros, claro) sencillamente para alegrarse la tarde de cualquier día de la semana. Vaya mescolanza. Pues todo esto y más.

Tengo que reconocer que a la hora de ver esta apócrifa versión del clásico de Corbucci -homenaje a Franco Nero (el Django original) incluido, que viva frikilandia...- Tarantino ya me tenía ganado. Por un lado porque soy un admirador suyo razonablemente entusiasta. Y por otro lado, porque soy fanático del western, concretamente del spaghetti western, igual que Mr. Quentin. Así que tenía todas las papeletas para disfrutar de esta viaje a libertad a través de todas las trabas de un país esclavista, que prosperó y se hizo grande sobre el sudor y la sangre de una raza explotada literalmente hasta la muerte.

Como amante de la estética, Tarantino nos regala algunos planos antológicos, como los algodonales regados de la sangre de un tiro. Pero su sentido del humor también nos otorga momentos de lo más surrealistas, que no vamos a desvelar porque las sorpresas están ejemplarmente colocadas para que surjan como un auténtico balazo entre las cejas, sin esperar ningún preámbulo. Se nota que este director ha ido paulatinamente destilando su estilo propio hasta llegar a hacer literalmente lo que le da la gana, como le da la gana y cuando le da la gana. Ojalá muchos directores tuvieran la libertad creativa para hacerlo, y ojalá Quentin no vuelva nunca a hacer lo que hizo en "Jackie Brown", es decir jugar a "ser normal". Porque precisamente lo que nos cautiva, lo que le define y lo que nos fascina es su ruptura absoluta con la "normalidad" cinematográfica. Es lo que es, es lo que lo define. Es Tarantino como no hubo, no hay y probablemente no habrá en la historia del cine.

Quizás lo único que he echado en falta en "Django desencadenado" son algunas líneas memorables de diálogos que siempre están presentes en sus guiones, pero la verdad es que tampoco me ha importado mucho. Lo he pasado tan bien, ha sido una catarsis tan políticamente incorrecta (al fin y al cabo, como todo su cine) que da igual. Lo que sí ha estado al nivel de toda su obra es la brillantísima dirección de actores, desde los protagonistas -con un deslumbrante Christoph Waltz, globo de oro y camino de su segundo oscar- hasta unos secundarios que serán recordados durante mucho tiempo -desde un recuperado Don Johnson a unos impresionantes Samuel L. Jackson y sobre todo Leonardo Di Caprio-.

Ver "Django desencadenado" es como una catarsis, una liberación tan irreverente y poco correcta como ir a comerte una hamburguesa. No es que tenga calidad, no es que sea sana, pero se disfruta como si comieras caviar beluga. Esta película no es "Centauros del Desierto", ni siquiera "El Bueno, el feo y el malo", pero tiene todos los elementos para un goce efímero tan placentero como si viéramos "Sólo ante el peligro".

TRAILER

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