> Canal de Cine Federico Casado Reina: Más allá de la vida

Más allá de la vida

Amor (Amour)
DIRECTORMichael Haneke
GUIÓNMichael Haneke
MÚSICAFranz Schubert, Ludwig Van Beethoven, Johann Sebastian Bach
FOTOGRAFÍADarius Khondji
REPARTOJean-Louis Trintignant, Emmanuelle Riva, Isabelle Huppert, William Shimell, Ramón Agirre, Rita Blanco, Alexandre Tharaud, Laurent Capelluto, Carole Franck, Dinara Drukarova

Antes de que empieces a leer: si tu idea de ir al cine es pasar un buen rato, olvidarse de los problemas, desconectar con la vida cotidiana, y disfrutar de un momento de evasión, entonces NO VAYAS a ver esta película, y mucho menos leas esta crítica. Claro que en el caso que aprecies las manifestaciones artísticas -vengan de donde vengan y tengan la temática que tengan, desde el Taj Mahal hasta las pinturas negras de Goya- en su máxima expresión, la reflexión sobre un tema trascendente, intemporal, la agudísima visión sobre la vida y la muerte de uno de los más turbadores cineastas contemporáneos... entonces TIENES que ver "Amor". Y en la medida de lo posible, leer la crítica te orientará mucho más. No porque yo sea guía y faro de la crítica, ni adalid de nada. Sino simplemente porque además de saberme de memoria toda la filmografía de Haneke, tuve oportunidad de entrevistarlo y (creo) entender su exquisita sensibilidad ante la existencia, por incómoda que parezca.

Haneke es una mezcla de poeta, pintor y músico. En cada película compone verdaderas odas filosóficas al alma humana. Pero ojito, sin sublimarla, o lo que es lo mismo, mostrando todas sus grandezas de la manera más esplendorosa, pero también sus miserias de la forma más mezquina y asquerosa. Porque pienso que ahí está precisamente la clave de Haneke, en la dualidad: en la extraña mescolanza de lo más tangible y terrenal, con lo más elevado y sublime. Ese viaje (exterior e interior) que realiza a cada aldabonazo -porque sus películas son eso, un aldabonazo en la puerta misma de la consciencia, o una sonora bofetada que nos dan en la cara para que espabilemos de una vez- supone a cada película una visión más y más enriquecida de lo que puede ser el hombre, capaz de lo mejor y de lo peor. Capaz de hacer la capilla sixtina, para luego demolerla y mearse encima. Por eso ver una película de Haneke es como mirar al abismo: además de sentir el vértigo normal, sentiremos que en ese abismo también estamos nosotros mismos, devolviéndonos la mirada, implacable, cruelmente.

El minimalismo, entendido como el uso de los mínimos recursos para hacer una obra de arte, se cumple en la última película del genial cineasta austriaco, que únicamente mete en su ecuación una decadente mansión y un matrimonio de jubilados. Punto final. No hace falta más para crear una de las más enternecedoras perspectivas sobre el nombre que compone el título: el amor. Nada más y nada menos. No hacen falta querubines gorditos con arcos y flechas, ni atmósferas etéreas con luces indirectas, ni velas, ni violines, ni la madre que lo parió. Porque probablemente en esta película sea en una de las que mejor se percate uno del significado auténtico del amor en toda la historia del cine. Es como si cogiéramos en un diccionario esta palabra y si tuviéramos que definirla con una película, seguramente el mejor ejemplo que encontraríamos sería este film. Más allá de la pasión, de la sensualidad, del sexo, del deseo... está el amor. Y esto es el amor, señores.

Realmente me sentí abrumado con esta película, removido hasta lo más profundo, y probablemente cualquier espectador sentirá lo mismo. Si bien es cierto que Haneke busca precisamente esto a cada film, con una elegancia formal pocas veces vista -quizás comparable a los clásicos del cine japonés como Ozu o Mizoguchi, o incluso a la tardía visión del mundo de Eastwood-, ahora con pocos planos, con un lenguaje extremadamente primitivo, consigue el impacto que con otras películas tardaba mucho más en lograr. Fíjate, incluso me atrevería a decir que es irrelevante que te cuente de qué va. Con mirar el cartel, y saber que hay una casa y un matrimonio de la tercera edad, es suficiente. Y créeme, no es nada cómodo de ver.

No estoy hablando de violencia -presente por otra parte en buena parte de la filmografía de este director, como elemento indisoluble del hombre, así como el egoísmo, etc.- ni de truculencia. Estoy hablando de la vida misma, de ir más allá de lo que vemos diariamente. O precisamente, en fijarnos en todas esas cosas que diariamente, no le prestamos atención. Más allá de la vida, está también ese amor del que habla Haneke y que es muchísimo más que todas las ideas preconcebidas que tengamos al respecto.

¿Sabes lo que es recibir un puñetazo en el estómago, de esos que te dejan sin aliento? Bueno, pues eso es "Amor". Ni más, ni tampoco menos.
 
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