The Florida Project: La trastienda de la magia

The Florida Project
Vale, Sean Baker no es Cassavetes, pero ha conseguido crear un fresco no solo certero, conmovedor e incluso cruel de la sociedad norteamericana, sino que además lo ha trufado con esa visión infantilizada que esa misma sociedad ha desarrollado. Una sociedad que es capaz de llamar con eufemismos coloristas y lujosos verdaderos nidos de ratas.

Un motel que es refugio de una deprimida clase social que malvive de los restos de los parques temáticos Disney en Florida, un pobre diablo que ejerce el mantenimiento de los moteles, una joven madre sin futuro que subsiste con su hija como va pudiendo, y el grupo de amiguitos de seis años que al más puro estilo Verano Azul, pero con una vocación mucho más traviesa -yo utilizaré también un eufemismo por no llamarla sinvergüenza o antisocial (¿porque cómo se llama escupir e insultar a alguien?)- son suficientes elementos para conjugar la ecuación a la hora de ver el reverso del lujo, los regalos, los hoteles de lujo y los parques de atracciones. Porque detrás de esos colorines, del plástico brillante (que simula el oro) hay muy poquito. Es como los anillos que nos caen de regalo en las máquinas esas de bolas de plástico: muy bonito, y de tan mala calidad que no vale ni la cuarta parte del céntimo que hemos echado en la maquinita. Todo plástico, todo pintura barata, todo con tal de aparentar un lujo y una felicidad que no existe. Es echarle un vistazo a la trastienda de lo mágico, al callejón trasero del Castillo de Cenicienta, que ni brilla, ni tiene luz, ni huele bien, y que es donde se acumula la basura.

Esa es la (muy lúcida) reflexión de este film heredero del cinema verité y que da un paso más allá para descubrirnos el apabullante animal cinematográfico que es la niña Brooklyn Prince, que eclipsa a todo el mundo en la película, y que aguanta en primer plano una de las secuencias más brutalmente conmovedoras que he visto en mucho tiempo. Irradia tal cantidad de ternura, de dulzura, que hasta las mayores burradas que pueda perpetrar resultan pintorescas. Y su personaje reivindica un derecho indiscutible de todo niño: serlo. Ya sea en Siria, en Afganistán, la India o Florida, un niño sigue siendo un niño y sigue necesitando jugar, aunque sea entre la miseria.

Tampoco podemos olvidar en esta modesta pero eficaz producción a Willem Dafoe -que por cierto está nominado al Oscar al mejor actor secundario- que con su particular e indefinible físico guapifeo compone al gerente del motel donde se desarrolla la historia y que tiene que capear, con paciencia infinita, todo tipo de incidencias, desde las más cotidianas a las más extraordinarias.

Hace unos años "Pequeña Miss Sunshine" despertaba la conciencia social de varias generaciones de espectadores hacia una sociedad huérfana de valores, pero que seguía teniendo emociones, sueños, sentimientos... y ahora esta corrosiva visión nos sigue hurgando en la misma herida, quizás con más inquina, profundidad y demoledora precisión.

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