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A Roma con amor

Que Woody Allen es un genio, es incontestable. No ya por sus ingeniosos diálogos, su descacharrante e imprevisible sentido del humor o la narrativa que ha desarrollado, mezclando elementos del neorrealismo italiano con un irónico y mordaz costumbrismo norteamericano, sino por su capacidad de reinventarse... contando lo mismo. Quizás esa sea la clave de su verdadero encanto, porque seguramente muchos nos sentiríamos cuando menos que desconcertados si no encontramos las claves de su filmografía película tras película (aunque a veces nos sorprenda con arriesgadas propuestas como "Match Point", que da un giro radical a todas las expectativas que tenemos de él).

En su película italiana, Allen sigue con el estilo liviano de sus últimos producciones europeas, que homenajean a ciudades como Barcelona, Londres, Paris o Roma. Si la participación española fue realmente desastrosa -a pesar del Oscar para Penélope Cruz- la inglesa tuvo momentos realmente esplendorosos -como "El Sueño de Cassandra" o la anteriormente citada "Match Point"-, y otros muy decepcionantes -como "Scoop"-. La francesa nos cautivó, con una visión romántica del París de la bohemia, trufado del inconfundible sentido del humor... y ahora nos llega la italiana, que contiene toda la ligereza, irreverencia y apasionamiento del carácter latino, que impregna cada fotograma de un film irregular, pero tan lleno de magia como la misma Roma. Hay además un notable ejercicio de traslación psicológica en el guión de la cinta, disgregando la personalidad de Allen en casi cinco personajes (uno de ellos interpretado por el mismo director) que articulan un discurso realmente divertido frente a la vida, el amor, la felicidad, la ambición, la fama o la familia. Si antaño veíamos reflejado a Allen en el protagonista de sus películas, ahora es como si entráramos en una de esos laberintos de espejos de las ferias, donde se multiplican las imágenes y los reflejos hasta casi el infinito: en casi todos los personajes de este film está la voz de Woody Allen en primera persona.

Si en Paris consiguió transmitir la exquisitez y el sentimiento de los artistas que buscan desesperadamente la romántica inspiración, en Roma ha logrado retratar una poliédrica, barroca e incluso surrealista confusión con una galería de personajes cuyas historias se van sucediendo para mostrar la locura de la ciudad eterna: un arquitecto famoso que vuelve a la capital italiana y conoce a un arquitecto joven al que irá aconsejando sobre la amiga de su mujer, la clásica turista neoyorquina que conoce al guapo italiano... cuyo padre es un deslumbrante cantante de ópera, aunque solo en la ducha, un joven matrimonio pueblerino que viaja a Roma para su luna de miel y termina descubriendo muchas cosas de sí mismos que ignoraban o el anónimo oficinista que se convierte en una celebrity por obra y magia de un incomprensible destino, son algunos de los personajes de esta ópera desquiciada, cuyo sentido consiste precisamente en no tener demasiado sentido.

La factura no es precisamente uno de los elementos a resaltar de un film que es más comedia que otra cosa: el tono sombrío de algunas películas rodadas en Inglaterra o el tono evocador y soñador de la rodada en Francia se sustituye en el caso de la Italiana por un toque de humor. De la rodada en Barcelona no hablo, porque me parece con diferencia la peor película de Woody Allen, realizada con prisas y sin convencimiento, únicamente para satisfacer la inversión que el ayuntamiento catalán realizó para el rodaje de esta cinta, que por otra parte tampoco sirvió demasiado para la promoción turística de esa ciudad.

Pero quizás el mayor encanto que tenga "A Roma con amor" es la falta de pretensiones, algo que también define bastante bien muchas de las facetas de los italianos: la pasión por la vida más allá de pensar en grandilocuentes metas es una de las máximas de este film, que aunque tiene momentos realmente divertidos, flojea en su segundo acto y tiene un desenlace algo decepcionante, sobre todo para una mente tan genial como la de Allen -que por cierto, nos tiene acostumbrados a finales que nos hacen temblar las piernas, como algunos monólogos a cámara de sus protagonistas, o simplemente momentos que ponen verdaderos broches de oro a sus cintas-.

Pero las cosas hay que verlas en su contexto: igual que en "Un final Made in Hollywood" el director satirizaba sobre cómo fracasaban sus películas en los Estados Unidos y cómo triunfaban en Europa (Allen decía en esta cinta que "los subtítulos tendrán que ser excepcionalmente buenos"), ahora se ha dedicado a mezclar su vida personal con la profesional, redescubriendo el viejo continente año por año, y realizando películas en las mayores capitales europeas. Probablemente veamos en un futuro cercano a Viena, Berlín o Estocolmo en la agenda cinematográfica -y personal- de este realizador, cuya obra en conjunto suele ser muchísimo más interesante que examinada de manera individual, conformando tendencias muy reconocibles a lo largo de sus películas a lo largo del tiempo. Igual que le tocaron las comedias, las visiones sociales más cercanas, la reflexión preciosista o la vuelta a la comedia más hilarante, ahora Allen viaja por Europa, diseccionando capital tras capital, intentando impregnar a cada película de la personalidad de la ciudad elegida. Desde mi modesto parecer, con Roma, lo ha conseguido. Tanto por lo divertido, como por lo chapucero y a la vez grandioso.
 
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