Hasta el último hombre: El mejor cine clásico para glorificar al héroe

Hasta el último hombre
Director
Guión
Robert Schenkkan, Randall Wallace, Andrew Knight
Música
Rupert Gregson-Williams
Fotografía
Simon Duggan
Reparto
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Con sólo cinco películas como director ("El hombre sin rostro", "BraveHeart", "La Pasión de Cristo", "Apocalypto", y ésta que nos ocupa...) Mel Gibson se ha convertido en el indiscutible heredero del mejor cine clásico, ese que sabe contar un relato de forma épica y grandiosa (que no grandilocuente), que consigue emocionar, que no te deja moverte del sillón desde que te sientas, en definitiva, que sabe articular y conjugar una historia en imágenes como los grandes maestros de la historia del cine. Gibson además tiene la (rara) cualidad de utilizar con gran efectividad -cada vez mejor, además...- recursos que en manos de otros directores resultarían pedantes, inapropiados o tópicos -cámara lenta, fanfarrias con la banda sonora, planos preciosistas-; ha conseguido destilar aún más su estilo y ha creado una verdadera maravilla que funciona como una máquina de relojería perfecta. No sobra ni falta nada, y nos regala lo que toda película bélica debe tener: un relato potente, una reflexión sobre la violencia, imágenes inolvidables -y en este caso, trufadas de la mejor épica cinematográfica- y unos personajes que te dejen marcado. Probablemente desde "Senderos de Gloria" de Kubrick no se haya realizado una película bélica tan redonda.

Pero lo más importante es que en las más de dos horas que dura la proyección de esta cuasi biografía, no tenemos tiempo casi ni de pestañear, con lo que aún es más meritorio; afrontar la vida de un personaje real y sacar lo mejor de la historia para conformar un relato apasionante es una tarea casi imposible, aunque Gibson ya lo ha hecho casi con todas sus anteriores películas. Y en todas ellas el núcleo central de la historia es un héroe: ese héroe que se enfrenta a todo lo que le viene encima con orgullo, pasión, determinación y agallas, sin que nada ni nadie pueda pararlo. Da igual que sea el William Wallace de "Braveheart", el carpintero galileo -Jesús- de "La pasión de Cristo", el indígena que se enfrenta a otra tribu en "Apocalypto", o el objetor de conciencia Desmond Doss, en primera línea de la batalla de Okinawa en "Hasta el último hombre". Héroes que las tienen todas en contra y aún así, consiguen sorprender a todos y conseguir su objetivo.  

Imagínense el panorama: un convencido pacifista y acérrimo creyente, que decide que jamás va a tocar un arma, resulta que se alista en el ejército norteamericano en plena Segunda Guerra Mundial. Con el cargo de sanitario, va hasta el frente y consigue lo que prácticamente nadie hace en la guerra: salvar vidas. Mientras otros van con sus fusiles, granadas y ametralladoras, Doss fue con una camilla, medicamentos y gasas. Y nadie hizo más en la batalla que él, que llegó a conseguir la medalla de honor del congreso al salvar a 75 hombres en una de las batallas más cruentas de todo el enfrentamiento del ejército norteamericano con el japonés, en las islas Ryukyu.  

Esa es la premisa argumental, que sin duda es sugerente. Pero la grandiosidad de Gibson como director consigue glorificar al héroe protagonista y a la postre, a toda la historia. "Salvar al soldado Ryan" es una referencia innegable tanto estética como referencialmente -el guión de Robert Rodat para la cinta de Spielberg hace referencia al caso real de los cuatro hermanos Niland, y la cinta de Gibson al caso real de Desmond Doss-, aunque en muchos elementos, la supera: todos coincidimos en que el arranque de "Salvar al Soldado Ryan" había sido hasta ahora la mejor batalla de la Segunda Guerra Mundial jamás rodada en la historia del cine... pero Gibson no solo ha conseguido igualarla, sino superarla en muchos sentidos. Además de rodar varias escenas de guerra absolutamente salvajes, crueles, sangrientas y espeluznantes -toda una paradoja, al contar la historia de un pacifista...- con un virtuosismo que ya lo quisieran para sí Fuller, Peckinpach o Ford, añadiendo encima un toque "gore" que además no chirría en ningún momento- la película no se queda ahí, ya que en otros momentos consigue emocionarnos con un lúcido relato sobre la convicción de ser pacifista al enfrentarse a una problemática familiar, y una maravillosa historia de amor a la que no le sobra ni un punto de almíbar, ni le falta un gesto de amargura. Incluso las concesiones religiosas aparecen en la cinta, y los homenajes a los personajes reales también nos lo tragamos gustosos, al estar perfectamente encajados en la historia, independientemente de nuestra ideología.

Una obra magna la que ha creado Gibson, que más allá de la polémica de sus declaraciones profesionales y políticas en las que no entraremos, ha supuesto su mejor película hasta ahora como director, y ya es por derecho propio todo un clásico no ya del cine bélico, sino de toda la historia del cine. De diez. 

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