Passengers: Banalizar la historia

Passengers

Director
Guión
Jon Spaihts
Música
Thomas Newman
Fotografía
Rodrigo Prieto
Reparto


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A todos nos gustan los grandes espectáculos. Mucho más si están protagonizados por dos estrellas guapas, jóvenes, exitosas y con talento. Si encima homenajean a clásicos del cine como "2001, una odisea del espacio" o "El Resplandor" y para colmo todo ello está narrado en clave de ciencia ficción, pues estamos ante un producto más que apetecible. Entonces ¿qué ha pasado, por qué Passengers, de haber sido un título más que interesante se ha convertido en algo olvidable, trivial, casi secundario? Pues por la banalización de la historia. Por preferir una blandengue historia de amor a lo que podría haber sido una (dura) historia de superación personal, tanto a nivel individual, como a nivel de pareja.

El futuro. La colonización sideral a través de cruceros de lujo en naves espaciales automatizadas y perfectamente estudiadas y diseñadas para que sus tripulantes lleguen a un planeta a millones de kilómetros después de estar hibernados durante ciento veinte años. Pero en ese perfecto orden, resulta que un accidente provoca que uno de sus viajeros despierte 90 años antes de llegar a su destino, con lo que si no consigue volver a dormir, morirá sólo en una nave en medio del espacio. Este sugerente planteamiento, que arranca con fuerza y con recursos suficientes como para estirar la historia lo suficiente, llega a flojear hasta tal punto que se convierte en tedioso, monótono, aburrido.

Precisamente Kubrick supo sacarle todo el partido al aislamiento tanto en "2001, una odisea del espacio", como en "El Resplandor", título que menciono por la referencia al camarero que "veía" Jack Torrance en uno de los salones del hotel Overlook y el camarero cyborg que atiende al protagonista de Passengers: ese aislamiento, que hace que pierdas los papeles, que te vayas convirtiendo en otra persona, que pone en entredicho tu propia salud mental, es un recurso maravilloso para hacer crecer los personajes, para hacer evolucionar una historia... pero también es caramelito envenenado en el sentido que, si se maneja mal -como ha pasado en esta película- llega a ser un soberano peñazo.

El director noruego Morten Tyldum, que nos dejó muy buen sabor de boca con la irregular pero interesante "Imitation Game", con un esplendoroso (como siempre) Benedict Cumberbatch, ahora parece no tener el pulso suficiente como que para la historia escrita por Jon Spaiths -del que  me gustaron los guiones de "Prometheus" o "Dr. Strange"- se mantenga a tope de interés. Desaprovechar una actriz como Jennifer Lawrence, tanto en su vertiente comercial -es la protagonista de varias exitosas franquicias como "Los Juegos del Hambre" o "Xmen"- como en su vertiente actoral -recordemos, ganadora de un Oscar por "El Lado bueno de las cosas" y de un Globo de Oro por "Joy: el nombre del éxito"- es poco menos que un despropósito. Lo que podría haber sido un acicate para que el musculoso anodino de Chris Pratt remontara el vuelo en su trayectoria de actor más "serio" se ha quedado en agua de borrajas, convirtiendo lo que podría haber sido una intensa historia en una tragicomedia romántica con toques new age realmente malos.

Un envoltorio de lujo, en todos los aspectos, para llegar a una historieta facilona, olvidable, previsible, ramplona, convirtiendo en banal lo que podía haber sido profundo. Como el espacio, como la vida, como el amor.

TRAILER


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