Silencio: Insoportablemente aburrida

Silencio

Director
Guión
Jay Cocks, Martin Scorsese (Novela: Shusaku Endo)
Música
Kim Allen Kluge, Kathryn Kluge
Fotografía
Rodrigo Prieto
Reparto
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Que el maestro Scorsese es un hombre de extremos no vamos a descubrirlo ahora. Es capaz de hacer genialidades incontestables como "Taxi Driver", "Toro Salvaje", "Uno de los Nuestros", "Casino" o "Infiltrados", pero a la vez también puede aburrirnos mortalmente con engendros como "Kundun", "Gangs of New York" o, ya que estamos hablando de ella, "Silencio", un insufrible ejercicio de pedantería y megalomanía realmente insoportable. Soporífero, con casi tres horas de duración donde... ¡¡¡No pasa nada!!!

La exigua premisa argumental (En el siglo XVII, dos jesuitas portugueses tienen que averiguar qué ha pasado con otro mítico misionero de la orden al que le han perdido la pista en Japón, donde al parecer ha renegado de su fe...) no justifica una acción realmente aburridísima. Ya que hablamos de pecados, de redención y de salvación, Scorsese ha cometido el gran pecado del cine -que dijera Hitchcock-: aburrir. Y lo peor es que Don Martin ya ha demostrado sobradamente su capacidad a la hora de adaptar novelas -ahí tenemos el modélico ejemplo de "Uno de los Nuestros" con Pileggi-, creando películas que ya han pasado a la historia del cine por su agilidad, su narrativa y su apasionante desarrollo. Bueno, pues "Silencio" es todo lo contrario: se pasa casi dos horas donde sencillamente, no pasa nada, cometiendo el error clásico de las adaptaciones cinematográficas de los libros -o sea, igual que Peter Jackson con Tolkien-, esto es, "mostrando" en imágenes lo que se hace en varios capítulos de una novela (algo que en literatura puede extenderse en cientos de páginas, en cine se muestra en 20 segundos; bueno, pues no, a tener el mismo ritmo que la novela de Shusaku Endo, que habla de los dos sacerdotes renegados del cristianismo que ayudaron a los mandatarios japoneses a que los cristianos no "colonizaran" con la fe el país del sol naciente.

Scorsese, que ya tocó temas cristianos específicamente en la adaptación de "La última tentación de Cristo" de Kazantzakis con bastante mejor fortuna, aunque sin rematar tampoco el intento de crear una cinta al nivel de sus otras películas, ahora consigue desdibujar completamente su forma de articular el cine. Y eso que sobre el papel -una apasionante gesta sobre la búsqueda de un misionero que ofreció su vida a propagar la fe y que finalmente, renegó de ella...- el planteamiento argumental podría haber sido por menos que interesante. Pero esa anécdota no es suficiente para tantísimos minutos de absoluto tedio, de una austeridad en la factura que resulta tan incómoda que hace que desconectemos de la historia y no empaticemos con el relato en ningún momento -bueno, siendo justos, al final de la película (esto es, cuando ese encuentra al fraile perdido) la historia retoma el ritmo, pero no deja de ser realmente insulso, episódicamente irrelevante para conformar un relato atractivo.

Ni Andrew Garfield, ni el galáctico Adam Driver, ni el sólido Liam Neeson consiguen que la historia tenga ni un poquito de fuelle, convirtiéndose en una experiencia realmente espantosa a la hora de aguantar toda la proyección sin pegar un ronquido, que es lo que invita la película a partir del minuto quince hasta más allá del ciento veinte. Y digo yo que para dormir, mejor está la cama de cada uno, y mejor que Scorsese invierta en otros proyectos quizás menos personales, pero seguramente más interesantes y menos aburridos. 

TRAILER

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