Envidia

jueves 9 de julio de 2009

Cada mañana se sentaba a las puertas de aquel edificio: una enorme construcción realizada impecable y rotundamente en colores gris, azul claro y negro. Un prodigio de la arquitectura moderna, erigido desafiante en pleno casco histórico de la ciudad. Por su mente pasaron las cientos de comisiones que tendrían que haber pagado los promotores de la obra para conseguir que estuviera solo a 100 metros de la antigua catedral, pero el contraste era realmente espectacular: con girar 90º el ángulo de mirada se daba un salto de 8 siglos. A las 7.30 comenzaba la febril actividad de los visitantes, mensajeros, ejecutivos, secretarias, limpiadoras, conductores y taxistas que, como una maraña de insectos, daba vida al lugar. Eran minutos de actividad incesante que media hora más tarde, a las 8 en punto, cesaba súbitamente. Y así permanecía hasta las 2 de la tarde. Él, que también había vivido en sus propia carne y alma el ritmo de la sociedad occidental, ahora miraba apaciblemente, regocijado dentro de su miseria, todo lo que le pasaba por delante, la supuesta prosperidad que aparatosamente, intentaba deslumbrarle con trajes de Armani, perfume de Dolce & Galbana, espectaculares BMW, Audi y Mercedes, cortes de pelo de 100 €, Rolex, Rayban, minuciosa y perfecta manicura y lencería de Christian Dior. Todos estaban perfectos, guapísimos, exultantes en el mercado del consumo, como en un perfecto muestrario. El lo vivió… y lo abandonó. Aunque echaba de menos sentarse en un buen restaurante a saborear de un vino de cosecha (a ser posible, del 82) y una ración de Jamón de Jabugo, tampoco añoraba el precio que tenía que pagar por ello. No, no eran los euros –ni las pesetas-; era la vida. Los miles de momentos que fueron borrados de su existencia para poder disfrutar de esos ¿pírricos? Placeres con que la sociedad “premiaba” a los que trabajaban. Ahora su perfume era una rancia mezcla de sudor, colonia barata de baño y jabón del dormitorio de beneficencia. Es verdad, no era tan agradable, pero por lo menos, no le había costado parte de su vida. También añoraba su coche, con sus asientos tapizados en cuero, y su equipo estéreo. Cualquiera de los que aparecían cada mañana a las puertas del edificio podía ser igual de bonito que el suyo: casi rememoraba a cada visión el olor del cuero y la madera del interior, mezclados con los acordes de “La Traviata”. Envidiaba todo aquello, todo lo que el dinero podía ofrecer. Desde su ventana, entre las miles de llamadas, las alertas de la Blackberry y el sonido del ordenador al recibir un aviso o un email, podía ver el parque frente a su oficina. Apoltronado en su sillón de cuero argentino, giraba sobre sus plantas para mirar el monitor de plasma panorámico, que le mostraba las cotizaciones de la bolsa instantáneamente, así como los últimos powerpoints de los proyectos próximos del holding. Una frenética actividad que él coordinaba, que él fijaba, filtraba, encauzaba y aprobaba. Pero el parque le llamaba. Le llamaba la frondosa arboleda que rivalizaba con su edificio, el mismo que se había empeñado a construir al lado de la catedral y en frente del parque. La tecnología frente a la naturaleza. 50 kms. de fibra óptica, ADSL y tecnología punta que le intercomunicaba con todo el planeta en décimas de segundo. Videoconferencias instantáneas, gestión de activos, propuesta de actividades, sinergia de producción y estudio efectivo de costes y marketing. Un galeón que avanzaba implacable en el mundo empresarial, capitaneado por él, cambiando sabiamente de rumbo a cada golpe de viento, a cada momento económico, a cada crisis y oportunidad. Una paloma se posó en la fuente del parque y delicadamente se puso a beber agua. Pensó en el divorcio, en el (poco) tiempo que pasó eligiendo el caballo para su hija, y en el precio del colegio interno de su otra hija en Suiza. Seguramente su madre llamaría esta tarde para volver a negociar los términos de la pensión, y sus próximas vacaciones en St. Moritz. ¿Dónde estaba la mujer con la que se casó, aquella que corría desnuda delante de él, riendo con una preciosa y cautivadora risita histérica mientras él la perseguía? Seguramente murió mientras él estaba demasiado ocupado atendiendo a la cuenta de resultados. ¿Por qué sus hijas, ahora ya le miraban como un extraño? ¿no eran suficientes los coches, los viajes a Estados Unidos, los modelitos de Carolina Herrera y las joyas de Tous? Un indigente estaba sentado al lado de la fuente donde la paloma bebía, y miraba al edificio, recorriendo con la mirada la alta extensión. Lo miraba desde abajo hacia arriba. Curioso, cogió unos prismáticos para ver mejor al pobre desgraciado, que se cubría la parte superior de los ojos como un indio apache, para que el sol no le impidiera terminar su recorrido visual por el edificio. Sería ilógico pensar que sus miradas se cruzaran, pues sabía que era imposible que el pobre le viera, pero por un momento, pudo sentir sus ojos en los suyos. Fue un momento mágico, donde el Karma fluyó de uno a otro. Casi pudo ver la tranquilidad que tenía, lejos de las presiones que él tenía que soportar cada día. ¿Por qué no podía ser él tan feliz? Había luchado tanto por estar donde estaba, que ahora se suponía que debería ser feliz con todo ello. Pero no lo era. Pensaba a veces que todo era superfluo, que no era realmente necesario para encontrar la felicidad. Quizás menos responsabilidades, menos casas, menos negociados con el consejo de administración y menos visitas al banco. Quizás la felicidad se escondía en aquel banco del parque, el mismo en el que aquel pobre diablo se sentaba cada mañana, mirándole de abajo arriba. Envidiaba todo aquello, todo lo que la vida podía ofrecer.

Relatos

miércoles 8 de julio de 2009

Pues ya era hora. Si, las críticas están muy bien, pero ya quería yo empezar a escribir ficción. Me he propuesto escribir un pequeño relato diario, o como poco, uno cada dos días. Quiero que sean unas pequeñas reflexiones sobre lo que nos rodea.
Espero que os gusten.
Aquí va el primero:
El Cliente siempre tiene la razón. El bar estaba vacío aquella noche. De acuerdo, no era ningún día de fiesta, ni había ninguna despedida de soltero, pero normalmente David solía tener uno o dos clientes que venían a olvidarse de los problemas diarios, bebiendo cerveza y comiendo los kikos rancios que habitualmente les ponía. Todos ellos miraban indefectiblemente una pantalla de plasma que el dueño del bar había comprado hace unos meses, y donde se podían ver los partidos del canal Teledeporte y los debates del mundo corazón. En esas noches de julio, lo normal era que los Rodríguez, cansados de los videos porno de Internet, y de la infame programación de la televisión, llegaran al bar pasadas las doce. Pero lo mismo es que ya habían ligado y tenían el plan de la noche solucionado. Era la quinta vez que sacaba brillo a la barra, después de haber puesto por tercera vez el mismo vaso en la ordenada fila donde todos estaban relucientes esperando a satisfacer las necesidades de los que acudían a ese lugar, como si fuera una mezcla de confesionario, sala de recreo y celda para los sentidos, todo a la vez. Y David estaba harto, muy harto de escuchar a diario todo aquello que los clientes quisieran contarle. Solamente una vez el camarero intentó llevarle la contraria a un ejecutivo de unos cincuenta años que le estaba ya tocando las narices, comparando a su madre con todas las mujeres, que eran unas putas. Pero el dueño del bar, el mismo que conseguía los mejores precios por el volumen de compra, y que también se hizo de la pantalla de plasma antes que los otros bares del barrio, rápidamente intercedió en el altercado; no ya para que David conservara su puesto de trabajo –evitando además que resfregara la cara del borracho por el suelo- sino más bien para conservar al cliente que podía gastarse de 100 a 200 euros en una noche a base de whisky de malta y champán francés para todos. Aquí no se podía discutir, porque el cliente, siempre tenía la razón. Por eso cuando David estaba solo en el bar, aunque se aburría, se sentía relajado, liberado de tener que llevar la careta de amabilidad, enarbolada con una estúpida y vacía sonrisa y dos ojos que parecían de cristal. La rutina, además, hacia pasar las horas de una manera mucho más cómoda que cuando aguantaba a los borrachos, ya que había desarrollado una ordenadísima rutina para pasar el tiempo: primero limpiar los vasos, cuidadosamente apilados en pirámide. Luego colocar todas las botellas con las etiquetas en la misma dirección, para que el cliente pudiera ver bien las marcas. Limpiar la barra primero con la bayeta, para eliminar los cercos de los vasos, y posteriormente con la gamuza, para abrillantarlas…y vuelta a empezar. Un ciclo que podía durar minutos o todas las horas que tuviera que estar detrás de la barra, con la banda sonora de la televisión que sonaba de fondo. 1.30 de la madrugada. Solo media hora para cerrar. Teletienda, llamadas a números para ganar mucho dinero, y sms para contactar con la chica de tus sueños. El ruido de la puerta hizo que David girara la cabeza con desidia, maldiciendo la ley de Murphy (esa que solo funciona justo cuando no debe funcionar) y esperando encontrarse con otro borracho más, que le iba a amargar lo que quedaba de la noche. Pero las contorneadas curvas de la chica que estaba entrando en su feudo, le hicieron dibujar una sonrisa boba, que David intentó disimular carraspeando. La chica avanzó con suaves movimientos hasta la barra, sentándose frente a él. -Hola, ¿me pones un ginger Ale? David se quedó mirándola unos segundos. -Pero ¿ginger Ale solo…? -Si, solo, por favor –apuntó la chica. Mientras que se agachó a coger el refresco del refrigerador de abajo, a David le dio tiempo a acariciar la anatomía de la chica con su mirada, comprobando que el corpiño se ajustaba perfectamente a sus contorneados senos, y su sensual barriguita: justo en su punto –ni con la anorexia enfermiza de algunas adolescentes, ni con la obesidad mórbida de una cuarentona pasada de kilos-. Posavaso. Vaso. Tres cubitos de hielos y gluc, gluc, gluc. La chica miraba un programa de televisión, pero al oír el chisporroteo del refresco se volvió hacia David y le sonrió. -Esto está muy tranquilo esta noche, ¿no? –dijo la chica mientras cogía el refresco y empezaba a tomárselo. -Bueno, la verdad es que si. A esta hora siempre suele haber gente, aunque ya solo falta media hora para cerrar… ¡¡Seré imbécil!!! pensó David: una noche aburridísima, una chica guapa, y yo me empeño en ser desagradable diciéndole que falta poco para cerrar. Para paliar ese comentario, David cogió un platito y echó unos cuantos frutos secos (ojo, no los kikos manidos que les ponía a los borrachazos, sino las almendras que estaban recién abiertas). Le puso el plato delante y la chica miró complacida, cogiendo algunas almendras. Le llamó la atención la perfecta manicura que lucía aquella mujer de…25? 29? 30? No podía definir bien su edad. Su rostro era terso y bonito, pero sus ojos transmitían cierta tristeza que no correspondía con la lozanía de su presunta edad, al igual que unas bien camufladas ojeras. Al verse sorprendido mirándole la mano, David intentó disimular mirando hacia otro lado y por el gesto pizpireta que hizo la chica, eso le pareció encantador. -¿Cuánto hace que trabajas aquí? El camarero se quedó un poco sorprendido por esa pregunta. ¿No era demasiado personal? -Pues…unos 6 meses. -¿No nos conocíamos? –dijo la chica mientras cambió de postura en su taburete, adoptando una posición mucho más cerca del camarero, casi a tiro de sus labios… -Nnno, no creo. La hubiera recordado. El corazón de David latía como un caballo desbocado. Solo faltaba un centímetro para que los labios de la chica llegaran a la boca reseca de aquel atribulado estudiante de ingeniería, que se pagaba los estudios trabajando en ese bar. La chica seguía acercándose. Medio centímetro. Los latidos eran tan fuertes que David temía que fueran oído por la chica… -Me llamo Carla. Encantada. -Hola. Soy David. -David, estoy sola esta noche. Y por lo que veo, tu también… Carla se separó y se apoltronó nuevamente en su taburete. Cogió nuevamente el vaso con su mano derecha y pasó el dedo por las gotitas heladas que perlaban el exterior del vaso. El recorrido del dedo terminó en sus labios, hipnóticamente. En ese momento, el mundo se había parado para David. -Quieres…que te espere a que cierres? Lo que podría haber sido una noche aburrida de Julio, repasando el examen de Álgebra, tenía toda la pinta de convertirse en una divertida, cuando no estimulante –o incluso excitante- noche de compañía femenina. David hizo recuento del dinero que tenía en la cartera y en el bote de colacao del tercer estante, en la cocina de su casa. Con eso no podía pagar ese bombón. Entonces ¿Qué hacer? ¿Cortar desde ya, y dejarse de tonterías, o intentar convencerla que era un pobre estudiante y currante para ver si le podía hacer una rebajita? Incluso llegó a pensar en atacar el bote de las propinas, aún a riesgo de los cabreos de sus compañeros. Era dia 15 y todavía nadie sabía exactamente qué había. Ese tipo de bares solía tener unas generosas propinas, así que como el reparto se hacía a fin de mes, no era difícil que hubiera 30 o 40 euros. Con eso y con lo de su cartera…igual podía llegar. -Mira, yo creo que no…. -Shhh, calla –dijo Carla poniéndole el dedo en los labios-. Hoy estoy sola y quería compañía. Además ¿nadie te ha dicho que el cliente siempre tiene la razón?

Lo que el cine nos dejó...

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