Tiana y el sapo (The Princess and the frog)

No te puedes imaginar la alegría que me he llevado con esta película. Cuando Michael Eisner, una funestísima influencia para Disney y presidente de la compañía durante casi una década decidió cerrar los estudios de animación tradicional (o sea, en 2d), para mí fue poco menos que un epitafio: el tarugo de Eisner se dedicó entonces a convertir la Disney en una empresa de merchandising y parques temáticos, perdiendo además la hegemonía en el mundo de animación. Eso sí, gracias a su completa estulticia (esto pasa por poner a economistas a dirigir una productora de cine y animación, sin que tenga ni puta idea de qué va el negocio que dirige…) muchos de los profesionales que trabajaban en Disney se largaron y montaron otra próspera productora, Dreamworks, que ha ofrecido títulos tan memorables como “Shrek”. El golpe de efecto de Disney al comprar Pixar ya encarriló mejor el asunto, y ahora con esta deliciosa película que nos ocupa, la cosa se termina de fraguar: la histórica compañía que escribiera páginas insustituibles de la historia del cine ha vuelto por sus fueros, con un film realmente precioso, a la medida de lo que siempre supo hacer mejor que nadie. Conjugando magia, fantasía, y todos los elementos clásicos Disney –esto es, amor, princesas, animalitos divertidos humanizados, canciones, números musicales, humor y aventuras- “Tiana y el sapo” ha logrado revitalizar y actualizar todos esos mitos. Me hace gracia que por primera vez el príncipe de la película sea negro (como Obama) y que la acción se desarrolle en New Orleans, el lugar devastado hace relativamente poco tiempo por el huracán Katrina. Cada vez creo menos en las coincidencias, mire usted, y esto se me antoja en un punto de marketing bastante estudiado –y no digamos que la protagonista no esa la rubia de ojos azules y millonaria, sino la negrita simpática y contestona-. De acuerdo, las princesas Disney han sido pelirrojas, rubias, árabes, chinas y hasta indias. Pero ninguna negra. Y en la América del “Yes, we can”, ellos también “can”. Hala, Tiana resulta que es negra. Pero, olvidémonos (aunque sea por un momento) de la contextualización y vayamos a lo que nos interesa, porque el film es una delicia: la hija de una costurera negra de New Orleans tiene un don especial con la cocina, como su padre. Ambicionando desde pequeñita tener un restaurante mientras tiene dos trabajos como camarera, su duro trabajo termina por conseguirle el dinero suficiente para comprar el local. Paralelamente, su amiga millonaria está obsesionada con el guapo príncipe Naveen, que va a llegar a la ciudad para posiblemente, casarse con ella. Las casualidades de la vida hacen que un brujo vudú se mezcle con el príncipe y su ayuda de cámara y les lance una maldición, convirtiendo al príncipe en un sapo y al mayordomo en el príncipe; pero esperen, señores que esto no es nada, porque aún se lía todavía más la cosa, porque el príncipe, ahora sapo, le da un beso a Tiana y ¡también la convierte en sapo! En una aventura apasionante que les llevará por los legendarios pantanos Cajun y donde encontrarán a un cocodrilo que toca la trompeta y a una particular luciérnaga que también les ayudará. Los directores (y creadores) de “Aladdin”, “La Sirenita” y “Hércules” han decidido apostar por lo seguro. Y han acertado, porque el film es un despliegue de diseño, cuidada producción, guión sólido y canciones realmente maravillosas (que no me extrañaría que repitieran éxito en los oscars con canción y banda sonora). Toda una exquisitez de la Disney, que gracias a que ya no está el merluzo de Eisner, vuelve a ser lo que era: un reino de fantasía e ilusión.

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La Carretera (The Road)

Como seguro que sabes, la ciencia ficción es una de mis debilidades. Cierto es que las películas apocalípticas tampoco es que sean mi subgénero preferido, aunque también tienen su punto; aún añoro la saga “Mad Max” (en especial, la segunda parte) y por supuesto la monumental epopeya de “El Planeta de los Simios” (en su versión clásica, válgame Dios la de Burton que era de juzgado de guardia y fusilamiento al amanecer…). Pero esta novela de Cormac McCarthy, que le valió el premio Pulitzer en 1997 tenía todas las papeletas de ser de lo más interesante, en un descalabre de la cultura occidental tras un inopinado final de los tiempos donde el hombre se convierte en un lobo para el hombre, como bien (pre)dijo en su momento Thomas Hobbes. Aunque no leí esta novela del autor de “No es país para viejos”, los nombres de Viggo Mortenssen (que tiene un especial olfato para embarcarse en proyectos interesantes y apostar por talentos creativos) y por supuesto, de mi querida, admirada y venerada Charlize Theron (una verdadera diosa que no se lo cree y que además es capaz de dar muchísimos más registros que otras petardas disfrazadas de presuntas “divas”) eran elementos más que suficientes como para que tuvieran más elementos atractivos. Estamos en un momento indeterminado de la actualidad, donde todo se va al carajo; pero todo, todo: animales, cultivos, naturaleza, todo, todo. A la mierda la humanidad. En ese contexto, la gente sobrevive como puede, y nos centramos en una familia que intenta salir adelante en una apartada casita en el campo, a sabiendas que no hay futuro en ningún sitio, en ninguna parte. La cosa se pone todavía más de color hormiga cuando la mujer decide quitarse de en medio (literalmente) dejando al pobre padre con su hijo. Decidido a sobrevivir como sea, emprenden un viaje hasta el sur, hacia la costa, donde se supone que está el mar, y donde se supone que hay alguna esperanza de vida. Ja. El caso es que el viaje del padre y su hijo se torna una galería de los mayores horrores de los que los seres humanos somos capaces con tal de sobrevivir. Robos, expolios, violaciones, asesinatos, canibalismo… el hombre intenta por todos los medios seguir adelante, seguir con su hijo e incluso mantener cierta inocencia en los ojos de su hijo, ante tan brutal situación. Quizás este sea el elemento más interesante de un film, que brilla más por su factura impecable (desoladora fotografía de nuestro maestro Javier Aguirresarobe, virada casi a blanco y negro) y una preciosa banda sonora de Nick Cave y Warren Ellis, con toques minimalistas que recuerdan a un Nyman de sus inicios, y que encajan perfectamente en el tono evocador que tiene toda la primera parte del film. Pero el núcleo de la historia, es decir, el enfrentamiento con la salvaje realidad que les ha tocado vivir por cojones a ese padre y a ese hijo, solo está tocado a vuelapluma, y son pocas las secuencias en las que ese conflicto se pone de manifiesto. Esos momentos son quizás lo más desgarrador del film, plantearse la disyuntiva de tomar decisiones crueles para poder sobrevivir –a pesar de que sean injustas para quienes las sufran…- frente a la opción de seguir siendo “civilizados”. Aunque, bien pensado, si la civilización ya no existe ¿para qué seguir siendo civilizados? En ese mundo del todo vale, se difuminan las fronteras morales sobre lo que se puede o no se puede hacer para sobrevivir y quizás eso es lo que no se ha llegado a explotar realmente en el film. Es más, el director ha añadido elementos morales que no tenían por qué haber estado presentes, siendo un poco más honestos –y ahora me acuerdo de “A ciegas”, basado en la obra de Saramago, que era mucho más brutal…pero en cambio más honesta-. A nivel de actores, Mortenssen borda el papel de padre atribulado y famélico (es un adjetivo que le va al pelo, tanto por su mirada ida como por su aspecto físico, realmente escuálido). Pero todo termina de una manera demasiado abrupta, demasiado complaciente incluso, con los elementos justos donde deben estar. Es una lástima que un proyecto tan interesante se malogre por una falta de huevos a la hora de mostrar cómo podrían ser las cosas, y cómo podrían haber terminado.

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